GAZIANTEP, Turquía – Seis meses después de que agentes de la policía secreta siria sacaron al doctor M. Nour Maktabi de su clínica en Alepo, la morgue del hospital universitario citó a su familia para recoger su cuerpo.

A primera vista, sus tres hermanos pensaron que era un error. La última vez que vieron a Maktabi, en mayo de 2012, el neumólogo de 47 años de edad pesaba 91 kilos. El cadáver estaba cubierto de heridas y esquelético, pensando menos de 45 kilos; “un saco de huesos cubierto de piel”, como dijo su hermano menor Wadah.

Pero al inspeccionarlo de cerca, los hermanos encontraron el nombre de Maktabi tatuado en letras pequeñas en la planta de un pie.

Fue un destino sombrío pero no poco común para los médicos sirios y otro personal médico de quienes el gobierno sospecha atienden a rebeldes heridos. Más de 100 médicos han sido asesinados y cientos más han desparecido en las cárceles sirias en los últimos dos años, según doctores y organizaciones opositoras. El gobierno considera el tratamiento de los rebeldes heridos como “similar a portar armas”, dijo Wadah Maktabi, un boticario.

Ciudades asediadas como Alepo y extensas franjas del campo sufren de una aguda escasez de doctores y suministros médicos, siendo la campaña mortal del gobierno un factor importante que hace huir a los médicos. Debido a la escasez, todo tipo de personas con poca experiencia quirúrgica previa – dentistas, estudiantes de medicina y enfermeras, por no mencionar mecánicos automotrices y panaderos – están realizando ahora cirugías menores.

Numerosos voluntarios no capacitados han sido instruidos durante las operaciones hasta el punto de que ahora pueden extraer una bala de un brazo o una pierna, pero no de sitios más complicados como el pecho o la garganta.

En un informe presentado en marzo al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Comisión Internacional Independiente de Investigación en la República Árabe Siria acusó a ambas partes de tomar como blanco a la atención medica como parte de su estrategia militar. “El personal médico y los hospitales han sido deliberadamente tomados como blanco y son tratados por las partes del conflicto como objetivos militares”, indicó el informe.

El informe de 10 páginas documentó una letanía de abusos por parte de las fuerzas gubernamentales y los rebeldes: Se ha negado tratamiento en base a razones sectarias. Los hospitales y las clínicas han sido atacados. El gobierno y los rebeldes han limitado la atención en las instalaciones médicas a sus propios simpatizantes. Los médicos y enfermeras han sido obligados a aceptar los cuerpos de combatientes opositores ejecutados y registrarlos como pacientes que perecieron.

“Los médicos y los hospitales de campo están siendo sistemáticamente tomados como blancos como todos los activistas revolucionarios”, dijo Razan Zaitouneh, fundador del Centro de Documentación de Violaciones, una organización siria defensora de los derechos humanos, vía Skype desde Damasco. “Tomar como blanco a médicos, panaderías y trabajadores de ayuda es una forma de suprimir a los rebeldes y a sus familias”.

Médicos sin Fronteras también ha documentado cómo ambas partes han devastado la atención médica en toda la maltrecha nación. “Ofrecer atención médica se transformó en un acto de resistencia, un delito, y las estructuras médicas se volvieron blancos militares”, indicó en un informe.

Algunos centros médicos establecidos para los rebeldes por el Ejército Sirio Libre no permiten la atención a civiles, lo cual incrementó las probabilidades de que el gobierno los bombardeara, indicó el informe de Médicos. Ambas partes también saquearon hospitales, señaló.

El doctor Mohamed Wajih Joumah, un cirujano y ex jefe de la asociación médica de Alepo, dijo que de los 12 grandes hospitales del gobierno en Alepo, seis habían cerrado. Sólo unos 35 médicos están trabajando en o cerca de las líneas del frente, estimó Joumah, pero otros situaron la cifra más cerca de los 100. Anteriormente había al menos 2,000 médicos en la ciudad, dijeron doctores.

Faltan muchos especialistas, incluidos cirujanos de traumatismos, cirujanos vasculares y anestesiólogos. Importantes máquinas de diagnóstico como escáners de tomografía computarizada ya no funcionan.

Las heridas de combate regularmente pueden ser tratadas en cierta forma en los 72 hospitales de campo en el norte de Siria, dijeron Joumah y otros médicos. Pero la gente con enfermedades crónicas como cáncer o nuevos brotes de enfermedades contagiosas como tuberculosis tienen un destino peor.

Rara vez encuentran los medicamentos que necesitan, o si los encuentra, a menudo enfrentan costos prohibitivos como 30 dólares por ampolleta de insulina. Alepo ha sido el centro de la extensa industria farmacéutica de Siria, pero las fábricas han suspendido la producción.

Salvo por una mayor ayuda, el panorama general sigue siendo sombrío.

“El nivel más básico de atención médica ya no está disponible en enormes áreas del país”, dijo Christopher Stokes, el director general de la célula belga de Médicos sin Fronteras.

La ejecución de personal médico en Siria se aceleró cuando el movimiento de protesta pacifica que comenzó en marzo de 2011 se desintegró gradualmente en una guerra civil, dicen médicos y activistas de derechos humanos. El Centro de Documentación de Violaciones, basado en Damasco, ha recopilado listas de víctimas de todo tipo.

Incluyen a 120 médicos, 65 socorristas y 50 enfermeras muertos, y 469 médicos encarcelados. Algunas víctimas fueron asesinados, algunos fueron eliminados por francotiradores o murieron cuando fueron bombardeadas sus instalaciones médicas.

El gobierno sirio ha vuelto virtualmente imposible buscar su respuesta a esas acusaciones. Pero su respuesta estándar a preguntas similares ha sido que está combatiendo una insurgencia terrorista apoyada por financiamiento extranjero.

En realidad, varios médicos que fueron arrestados por largos periodos pero eventualmente fueron liberados dijeron que se les acusó repetidamente de ayudar a los terroristas.

El doctor Yassir Darwish, un urólogo de 34 años de Alepo, dijo que justo antes de su liberación en enero de 2012, después de seis meses en la cárcel, él y otros cuatro activistas fueron conducidos a la oficina de Jamil Hassan, el jefe del espionaje de la fuerza aérea, la rama más temida de la policía secreta de Siria.

Las protestas regulares del gobernador de Alepo y muchos médicos ayudaron a que fuera liberado antes de que el levantamiento comenzara ahí en serio.

“Nos aleccionó sobre cómo el levantamiento era un complot terrorista”, dijo Darwish, de visita en esta ciudad del sur de Turquía para recoger suministros para el hospital de campo que ahora dirige en Alepo.

Darwish describió un largo encarcelamiento que incluyó tortura, una experiencia de que se hicieron eco varios doctores entrevistados para este artículo.

Dijo que había estado transfiriendo subrepticiamente medicinas a clínicas de campo y atendiendo a algunos pacientes ahí hasta el día antes de su arresto en julio de 2011. Durante seis meses, dijo, a menudo fue golpeado con varas de bambú – en los pies o en la espalda – y torturado con electricidad mientras sus interrogadores insistían en que confesara atender a los rebeldes.

Parte de los peores abusos, dijo Darwish, fueron cometidos en una de las principales ramas de interrogatorio de espionaje de la fuerza aérea en Damasco, en la base aérea Mezze.

“Confesé quizá 15 ó 20 por ciento de las acusaciones”, dijo, reconociendo que había ayudado a organizar protestas pacificas. “No tenían pruebas”.

A menudo fue metido en celdas tan hacinadas que los prisioneros racionaban el espacio; en una de esas celdas, dijo, cada azulejo de 41 por 41 centímetros estaba asignado a tres hombres y el espacio para dormir era asignado por turnos. Todos tenían liendres.

“La revolución estaba aún en su infancia cuando nosotros fuimos arrestados”, dijo Darwish. “Sólo querían amenazar a los que estaban detenidos y a sus amigos que no. Posteriormente, cualquiera que era arrestado era asesinado”.

El doctor Hassan A. Julaq, de 39 años de edad, era un ortopedista que daba consulta en la ciudad de Kafr Nabl, a lo largo de la autopista principal entre Damasco y Alepo, cuando unos 200 soldados establecieron un puesto de avanzada afuera de su casa.

Aunque Julaq a menudo había atendido sus lesiones de soccer, lo arrestaron en noviembre de 2011 y lo acusaron de organizar protestas, incitación y atender a rebeldes. Él, también, fue transferido a Damasco, donde dijo que la tortura incluyó siempre caminar inclinado – le tomó un mes pararse derecho después de su encarcelamiento – y ser suspendido del techo con esposas hasta que sangraron sus muñecas.

Dijo que sobrevivió en parte pensando en “Al Atlal”, una canción de la diva egipcia Um Kalthoum, cuyas palabras comparan el amor con esposas: “Dame mi libertad, libera mis manos”.

Después de que el ejército fue expulsado de Kafr Nabl, Julaq regresó, pero la mayoría de los médicos huyeron al norte de Siria, dijo.