Oscuridad y silencio para la creación artística

TEL AVIV, Israel – La próxima vez que usted esté solo en una habitación oscura y silenciosa, cierre los ojos. Deje fuera todos los ruidos.

Para los intérpretes sordos y ciegos de Nalagaat, un aclamado grupo teatral israelí, la oscuridad y el silencio inexpugnables son, sólo la realidad, un lienzo negro en el cual trabajar.

En “No sólo con pan” de la compañía, cuyo estreno en Estados Unidos fue en el Skirball Center for the Performing Arts en la Universidad de Nueva York, pinceladas de recuerdos puros, viajes fantásticos, “sketches” de pantomima y fragmentos de sueños, fugaces pero indelebles, se suman a un “happening” teatral que atrae al público hacia el mundo del intérprete.

Los actores de Nalagaat (el nombre es hebreo y significa favor de tocar) no pueden ver ni oír al público; la mayoría no pueden hablar. Los intérpretes transmiten su voz interior según un guión, y aparecen sobretítulos en inglés, hebreo y árabe en una pantalla encima del escenario. A veces, una banda sonora al estilo de las película mudas tintinea en el fondo. En otras, se invita al público a cantar una canción compuesta para el espectáculo.

Todo el tiempo, los actores interpretan una tarea táctil y terrenal: amasar y hornear el pan, mientras los aromas flotan desde los hornos tras bambalinas. Comparten pensamientos sobre temas como a quién es al que más quieren regalarle su pan (un alma caritativa, un niño hambriento) y de qué se trata la vida. El cuadro de apertura con 11 panaderos sentados a mesas largas evoluciona en una sucesión meticulosamente programada de escenas y “sketches”, algunos cómicos y rayando en lo burlesco, como una visita imaginaria al peluquero de las celebridades, y otros que son más realistas y desgarran el corazón.

La historia de cómo se creó Nalagaat es una de casualidades, nacida de un encuentro entre un grupo de adultos discapacitados y un director de teatro que asevera tener poca paciencia y mucho menos sentido de la compasión.

“Muchas veces en el pasado la gente me preguntó si quería dirigir talleres para discapacitados”, dijo Adina Tal, la presidenta y directora artística de Nalagaat, en una entrevista. “No me interesaba, aunque pensé que estaba bien que lo hicieran otros”.

Sin embargo, hace unos 14 años, se acercaron a Tal, nacida suiza, para que dirigiera un taller de dos meses para integrantes sordos y ciegos de un club social. Aceptó y quedó cautivada, dijo, por el reto de crear una forma nueva de comunicación; el taller evolucionó a ser una compañía teatral itinerante. En 2007, se mudaron a su hogar permanente, el Centro Nalagaat en el antiguo puerto de Yafo en Tel Aviv.

“No había ningún otro grupo de sordos y ciegos”, dijo Tal, quien tiene 59 años. “Siempre lamenté haber nacido demasiado tarde para establecer el Estado de Israel. Esto fue un regalo; una oportunidad de inventar la rueda”.

Empezó a trabajar a través de intérpretes de idioma de señas y con muchos apretones de manos.

“No tenía ni una clave”, contó. “Pero, dentro de mí, de alguna forma, yo sabía exactamente qué hacer”.

Algunos trabajadores sociales le dijeron que era demasiado exigente con sus actores. “Es posible que haya sido la primera persona que no haya dicho: '¡Increíble!' a todo lo que hacían”, señaló.

La primera producción del grupo, “Se escucha la luz en zigzag” (2003), sobre sueños y aspiraciones, surgió de un prolongado proceso en el que los actores trabajaron en improvisaciones, ritmo y movimiento corporal. Al final, los intérpretes aprendieron a expresar sus emociones y fantasías con pantomima.

Después de tres meses de trabajo, un integrante del grupo le dijo a Tal que toda la pantomima era una tontería y que quería hacer una obra de Gorky.

“Le pregunté: '¿Cómo? No oyen, ven ni hablan’”, recordó Tal. “Me contestó: 'Ese es su problema. Usted es la directora’. Le dije: 'No, es problema suyo. Ustedes son los sordos y ciegos’. No hicimos a Gorky porque toda la fortaleza del grupo está en que no son como otros actores. Tenían que crear su propia verdad”.

Para construir sobre los sentidos del gusto, el olfato y el tacto de los actores, Tal exploró la experiencia vinculante de preparar comida. Hizo que la compañía hiciera ensaladas y otros alimentos básicos, y la actividad cristalizó en el ejercicio de hornear pan.

Para “No sólo con pan”, Tal también diseñó el método de usar redobles de tambor como puntuación entre escenas. Después de seis meses, los intérpretes habían aprendido a sentir las vibraciones y a responder a ellas, lo que les dio un nuevo vínculo con el mundo del ver y el oír.

“Vienes a verlos pero te ves a ti misma a través suyo”, dijo Tal. “Para mí, eso es el arte”.

En el Centro Nalagaat, algunas personas del público pueden compartir la comida, antes o después de la interpretación, en el Restaurante Blackout, donde los sabores de los alimentos y del vino, servidos en la oscuridad más absoluta, adquieren una intensidad especial. Meseros y meseras ciegos se deslizan entre las mesas con unas campanas, y los comensales reciben unos baberos.

Al finalizar el espectáculo, cuando salen las charolas de pan humeante de los hornos, se invita al público a subir al escenario para degustar. Los actores se unen a la multitud, se comunican mediante intérpretes y tocan, un recordatorio de la necesidad del contacto humano, aunque estén cerradas las vías de comunicación normales.

Cast members of the Israeli theater ensemble, Nalagaat, during a scene of "Not By Bread Alone" in Tel Aviv, Israel Dec. 25, 2012. Nalagaat, which is made up of deaf and blind performers, will have the production's U.S. premiere at the Skirball Center for the Performing Arts at New York University on Jan. 16, 2013. (Rina Castelnuovo/The New York Times)