El hijo de una amiga se casó hace tiempo, y, debido a una desafortunada ruptura entre ella y yo, no me invitaron a la boda. No obstante, sí tuve el placer de ver las fotografías en Facebook, y cómo ha envejecido ella.

De hecho, las fotografías satisficieron muchas de mis necesidades de boda más viles: pude ver lo que vistió la madre del novio. (Un elegante vestido de encaje. Estoy tentada a dirigirlos, pero, ya saben, discreción.) Pude examinar a la familia política y darme cuenta de cuándo va a rentar, junto con los padres del novio, una casa de verano en Cabo. Pude ver que el novio, con quien me las arreglé para continuar una cariñosa relación, se veía muy elegante. Su dieta, de la que sabía todo por su página en Facebook, le había funcionado muy bien. Había bajado siete kilogramos, le habían cortado muy bien el cabello y llevaba puesto un esmoquin hecho a la perfección. Parecía más feliz y más guapo de lo que nunca lo había visto antes. Me pude dar una idea de lo que la familia de la novia había gastado en la boda. (Un montón, si se considera la calidad de las flores entrelazadas en el toldo y el tamaño de lo que, entre mi gente, se conoce, con reverencia, como la Habitación.)

Lo único que la página de Facebook no me resolvió fue la punzadita en el corazón, normal en el caso de tantas situaciones que suceden con ese sitio: nuestra gran boda, carne asada, viaje a la ciudad en la que vives. Qué mal que no pudiste estar aquí. Oh, cierto, no te invitamos.

Es uno de los problemas que tiene lo que empecé a ver como tu página de Facebook. Antaño, había fiestas a las que no te invitaban, gente que viajaba a la ciudad en la que vivías y no te buscaba, y no importaba porque no te enterabas. Y de enterarte, al menos no había fotografías. Era la antigua regla: si tu compañera de habitación en la universidad que ha vivido en la selva tropical en Brasil llega y no te llama, pero no sabes que está en la ciudad, ¿acaso cuenta como un desaire? No.

Ahora, no obstante, hay innumerables oportunidades para sentirse herido. Es posible que pocos sean tan indignantes como el que leí hace un par de años. Una mujer casada vio en Facebook las fotografías nuevecitas de la boda de su esposo; su boda con otra persona. Cierto, no aparecieron sin haberlas buscado en Novedades; al sospechar, recurrió a Google. Aun así, uno se pregunta en qué demonios estaban pensando los recién casados.

Acaso el esposo, en tanto persona sensible, no debió haber dicho algo como esto: “Querida, no creo que deberíamos publicar nuestras fotos de la boda mientras no haya tenido la oportunidad de decirle a mi esposa que le he sido infiel, que me casé con otra hace poco y necesito la anulación pronto para evitar cargos por bigamia?”.

¿Y qué hay del problema que Facebook aún no resuelve: en caso de divorcio o rompimiento, quién tiene la custodia de los amigos mutuos? Aun si el marido y la esposa deciden amigablemente quitar a los amigos y ahorrarse mutuamente las actualizaciones sociales, un Amigo Mutuo puede ser fuente de dolorosas filtraciones: oh, miren, es la foto que publicó Amigo Mutuo de la cena que incluye a tu ex marido y su nueva novia.

Seguro, siempre hubo mentiritas blancas u omisiones, socialmente aceptables, para no herir los sentimientos de las amistades. Sin embargo, es más difícil hacerlo con Facebook e Instagram.

¿Ese amigo que no vive en la ciudad y estaba muy ocupado resolviendo problemas familiares para visitarte después de tu operación? Ahí está, rodeado de sus amigotes, en un festival de globos, a ocho horas en coche de donde vive. ¿Esa reunioncita familiar que mencionó una pareja como razón para no estar disponibles en un puente? ¿Cuántas son, 80 personas en el jardín? Y lo que empeora las cosas es que algunas de esas actividades parecen increíbles. ¿Qué es eso en la parte de atrás, ollas de langostas? ¿Realmente hubo fuegos artificiales?

No me hago muchas ilusiones sobre el universo social alterno que es Facebook. Entiendo que hay categorías no escritas que incluyen: amigos que quieren tu empleo, amigas que quisieran tomar prestado a tu novio, amigos que opinan que tu trabajo es realmente malo. Sin embargo, al menos son invisibles.

Como dijo alguna vez un amigo muy chistoso: “¿Realmente quieres saber lo que la gente dice a tus espaldas?”.