
Brisas sofocantes se filtraban por el vestíbulo sin muros, decorado en estilo colonial, con sillones de mimbre, ventiladores en el techo, antigüedades falsas del sureste asiático y columnas de teca sólida. Senderos serpentean entre las datileras y una alberca se extiende hacia un lago artificial atascado de jacintos. Más allá del lago se encuentra una de las maravillas del sureste asiático: una llanura árida, jaspeada con 2,000 templos budistas.
Una ardiente mañana de mayo, había tomado un receso en mi recorrido por estas estructuras para pasar por el mejor hotel de Bagan, la antigua capital birmana, a un hora en avión al norte de Rangún, en Myanmar. Inaugurado en 2005, el hotel Aureum Palace se extiende en 10 hectáreas y abarca a un “sushi bar”, spas, fuentes, más de 40 habitaciones y 72 villas. La mejor de éstas, la Villa Isla, de 1,090 dólares por noche, incluye una piscina de un carril, terraza para asolearse con vista hacia los templos y un mozo personal.
El hotel es propiedad de U Tay Za, que según se dice es el hombre más rico del país – y un asociado cercano del ex dictador militar, el general Than Shwe. Tay Za es dueño de Air Bagan y Asia Wings (las aerolíneas privadas más grandes del país), otros cinco hoteles de lujo y centros recreativos en playas de Myanmar, así como del Grupo Htoo, un conglomerado que incluye servicios de telefonía móvil y concesiones madereras, y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos lo ha descrito como un “conocido esbirro y traficante de armas”. Después de la revolución azafrán, cuando la junta asesinó a docenas de manifestantes pro democracia y aprehendió a miles más, el gobierno de Bush congeló sus activos y evitó que él y su familia viajaran a Estados Unidos.
No obstante, en el nuevo Myanmar, al parecer, Tay Za cambió sus hábitos y, aun cuando sigue estando en la lista negra del Departamento del Tesoro, parece ser que los turistas occidentales empiezan a sentirse cómodos al hospedarse en sus hoteles.
Bagan y otros destinos en Myanmar atraen a cada vez más turistas, que siguen las acciones alentadoras del presidente Thein Sein. Desde que asumió el cargo en noviembre de 2010, el dirigente de Myanmar liberó a algunos presos políticos, relajó las leyes sobre la censura y estableció una cordial relación de trabajo con la dirigente de oposición y ganadora del Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi. Entre tanto, el presidente Barack Obama ha relajado la mayoría de las sanciones.
Con sus paisajes exuberantes, cultura budista y misterioso atractivo de un país que ha tenido contacto limitado durante décadas con el mundo exterior, Myanmar ha despertado un interés especial en los viajeros aventureros. Los turistas empezaron a llegar poco a poco a esta ex colonia británica, limitada por China, India, Tailandia, Bangladesh y Laos a finales de los 1970. Hoy es típico que los turistas reciban visas válidas hasta por 28 días. Han brotado hoteles de lujo y sólo unas cuantas zonas son inaccesibles para los viajeros.
Las personas, como Tay Za, que amasaron fortunas gracias a sus alianzas con la dictadura son las que, en gran medida, controlan la economía, y el Ejército todavía combate a los rebeldes en el estado norteño de Kachin. He viajado a Myanmar tres veces en los últimos 30 años: como mochilero en 1980, como periodista en 2010, después de la liberación de Suu Kyi del arresto domiciliario y la primavera pasada, tras las reformas políticas y económicas. En mi viaje más reciente pasé la mayor parte del tiempo en Rangún, Bagan y el lago Inle, en los límites del descontento estado Shan. Rangún ha crecido enormemente en las últimas décadas, pero en otros aspectos apenas si ha cambiado: el distrito del centro de la ciudad, junto al río Rangún, todavía está lleno de vecindades avejentadas y aceras agrietadas, donde los vendedores de libros usados y nueces de betel ejercen su oficio. Al próspero rincón norteño de la ciudad lo domina el lago Inya, el sitio donde se ubica la villa en la que Suu Kyi pasó 15 años bajo arresto domiciliario y donde aún vive.
Me registré en el Savoy, de administración alemana. Desde ahí, es una caminata de 30 minutos para llegar a la pagoda Shwedagon, el punto de referencia más venerado de la ciudad. Aquí, el general Aung San, el querido luchador por la libertad, celebró la independencia de Birmania de Gran Bretaña en marzo de 1947, meses antes de que lo asesinaran sus rivales políticos. Shwedagon es un Disneylandia budista, una creación exuberante de budas dorados y santuarios de madera de teca distribuidos en una plaza de mármol. Sólo son acompañamientos de la principal atracción: una enorme estupa cubierta con laminado de oro que se dice que están guardados varios cabellos del Buda en una cámara sellada.
Se ha suavizado la posición de Suu Kyi sobre el turismo en Myanmar. En 1995, parecía desalentar todo tipo de turismo cuando le dijo a un entrevistador: “Sería mejor que los turistas se quedaran en sus lugares de origen y leyeran muchos de los informes sobre los derechos humanos”. Luego, en 2011, exhortó a turistas en lo individual a que fueran a Myanmar, si hacen los recorridos “en la forma correcta, utilizando instalaciones que ayudan a la gente común y evitando las que tienen relaciones estrechas con el gobierno”.
Hace unos meses, un portavoz de la Liga Nacional por la Democracia dijo que la oposición ahora recibe bien a todos los visitantes, siempre que “promuevan el bienestar de las personas comunes y la conservación del ambiente”.
Volé a Bagan por Air Yangon, que está en la lista de Estados Unidos sobre empresas sancionadas en Myanmar. Aunque tuve algunos reparos en ser cliente de la aerolínea, no había ninguna alternativa satisfactoria.
Renté una bicicleta abollada y pedaleé por campos salpicados de templos. El chapitel de una estupa piramidal cerca de mi hotel me serviría de baliza en caso de perderme. A la distancia podía ver la creación más polémica de Tay Za: un complejo de observación de 61 metros de altura. Con tres restaurantes y un centro para conferencias, la torre, que se inauguró en 2005, recuerda a un silo para cereales, y la Unesco lo criticó por arruinar la vista.
A la hora de haber iniciado mi recorrido, la rama de un espino ponchó la llanta. No podía ver la estupa y no tenía ni idea de cómo regresar. Vi a una familia birmana acampada junto a unas ruinas y, con su ayuda, me reorienté. Al día siguiente fui con Bo Ni a uno de los templos más grandiosos de Bagan: Dhammayazika, una pagoda en forma de campana del siglo XII que sobresale en la llanura. Dhammayazika era la favorita del principal rival de Than Shwe, el general Khin Nyunt, quien fungió como jefe de inteligencia militar y primer ministro, y no escatimó gastando una fortuna en la renovación del templo con alhajas y laminado de oro. Luego, Shwe lo depuso en 2004, lo tuvo bajo arresto domiciliario y Dhammayazika se deterioró. “Khin Nyunt perdió su poder, y su pagoda se derrumbó”, me dijo Bo Ni al tiempo que hojuelas de oro se alejaban revoloteando por la brisa.
Sin embargo, ahora que Than Shwe dimitió, Khin Nyunt, liberado en enero pasado, visitó recientemente Dhammayazika.
“Se sintió muy triste al ver su pagoda en ese estado”, dijo el cuidador, y agregó que planea volver a recubrirla con oro.
No son sólo los generales rehabilitados los que le están metiendo dinero a las atracciones de Myanmar. El ingreso por el turismo está permitiendo que los hoteles lleven a cabo renovaciones, y ha habido mejoras significativas en la vida de aquéllos a quienes ha tocado la economía del turismo.
“Es bueno que los extranjeros se conecten con este país, propaguen su conocimiento, asistan a la economía y observen lo que está sucediendo dentro de Myanmar”, me había dicho antes en Rangún U Ba Dhat Aung, un defensor de la democracia a quien liberaron recientemente de la cárcel y es ahora dirigente de Generación 88, una organización de ex presos.
Ba Dhat Aung, a quien acompañé a un mitin de trabajadores en huelga en una planta de textiles de administración china en las afueras de Rangún, agregó algunas advertencias. Parte de los ingresos por el turismo, señaló, terminan inevitablemente en manos del gobierno, en la forma de impuestos y cuotas de entradas a las zonas turísticas, como Bagan y el lago Inle. Más aún, dijo, gente de la línea dura sigue siendo una fuerza en el gobierno de Myanmar, y muchos de ellos parecen determinados a frustrar las reformas de Thein Sein.
“Los turistas deberían proceder con cautela y pensar en dónde gastan su dinero”, dijo Ba Dhat Aung.
Tras dos días en Bagan, volé al este, al lago Inle, y contraté un taxi para el recorrido de una hora a Nyaungshwe, el punto para subirse a una falúa motorizada que lleva a los visitantes a los centros recreativos que bordean la costa.
Las atracciones de Inle son sus mercados flotantes, monasterios, templos budistas con chapiteles dorados y colinas circundantes, pobladas por grupos tribales exóticamente ataviados. Pasé la noche en el Inle Princess Resort, propiedad de U Ohn Maung, del grupo étnico Shan y ex preso político.
A la mañana siguiente, en una falúa de nueve metros de largo, con un joven guía llamado U Min Min, crucé las aguas tranquilas del lago. Siguiendo una red de canales, el barquero pasó por estrechas compuertas de represas de bambú. Atracamos y caminamos una milla hasta un sitio abandonado.
Aquí, como una versión infantil de Bagan, había más de 200 pagoditas, construidas por el pueblo Pa-O hace cientos de años. La selva casi se las había tragado todas. Las hierbas se arrastraban por los dinteles ornamentados. Una palmera brotaba como una sombrilla de una pagoda.
“Asia perdida en el tiempo”, es la forma en la que el fotógrafo y periodista Gary Knight me describió a Myanmar hace poco.

Justin Mott/The New York Times





















