LA SALUD MENTAL DE LOS PADRES ES CRITICA PARA EL CUIDADO DE LOS HIJOS

Al igual que muchos otros médicos de atención primaria, a veces siento la sombra de la depresión rondando los límites del consultorio. Me persigue una madre con depresión posnatal grave. Hace años, atendí adecuadamente al bebé, pero se me pasó la angustia de la madre, al igual que a todos los demás.

Hoy día, está cada vez más claro que los pediatras, ginecobstetras e internistas deben estar más alertas. La investigación de la depresión posparto en particular ha subrayado la importancia de revisar la salud mental de la madre en los primeros meses de la vida de un infante.

Sin embargo, la depresión de los padres, resulta ser, se puede relacionar a todo tipo de problemas, incluso en la vida de niños de más edad.

“La depresión es una enfermedad que se alimenta de sí misma”, dijo el doctor William Beardslee, un catedrático de psiquiatría infantil en la Escuela de Medicina de Harvard, quien ha pasado su carrera estudiando la depresión en niños, así como desarrollando intervenciones familiares. “Es muy frecuente que las personas deprimidas no busquen la atención que necesitan”.

En 2009, el Instituto de Medicina y el Consejo Nacional de Investigación de Estados Unidos presentaron el informe, “Depression in Parents, Parenting, and Children”, en el que se resume un cuerpo de investigación sobre las formas en las que la depresión en los padres pueden afectar al cómo las personas cuidan a sus hijos, y cómo les va a éstos.

Uno de cada cinco estadounidenses sufrirá depresión en algún momento, notó Beardslee, quien estuvo en el comité que emitió el informe. “La depresión parental sin tratar, sin identificar, puede tener consecuencias negativas en los hijos”, dijo, mismas que van de mal desempeño escolar a mayor número de visitas a la sala de urgencias, hasta relaciones más negativas con los pares y depresión en la adolescencia.

Más aún, hay bastante evidencia de que les va mucho mejor a las familias en las cuales el padre deprimido recibe tratamiento, y ayuda en la crianza.

Desde luego que la depresión es tratable, dijo la doctora Mary Jane England, una psiquiatra y profesora de políticas de salud y administración en la Escuela de Salud Pública de la

Universidad de Boston, quien dirigió al comité del Instituto de Medicina.

Sin embargo, agregó, “debido al estigma y la falta de capacitación de algunos de nuestros médicos de atención primaria, no la detectamos”.

La depresión daña la interacción entre padres e hijos, y altera las rutinas y los rituales de la familia. Es más probable que los niños con uno de los padres deprimido manifiesten síntomas de depresión, muestra la investigación, junto con otros problemas psiquiátricos y de comportamiento. Es más factible ir a dar a la sala de urgencias y más probable que resulten lesionados.

Uno de los padres con depresión puede tener problemas para seguir un plan de atención preventiva si un hijo presenta algún problema médico, como el asma. Sin embargo, los índices más elevados de depresión en padres cuyos hijos tienen problemas médicos crónicos pueden también reflejar la tensión de lidiar con ellos, en especial para los que son psicológicamente vulnerables.

La depresión puede convertirse en parte de un círculo vicioso en estas familias: uno de los padres abrumado y deprimido está menos capacitado para seguir un complejo régimen médico, y un niño termina en la sala de urgencias o el hospital, generando más presión y más tensión en la familia.

“Existe una carga enorme de depresión materna, de ansiedad”, entre las madres que llevan a sus hijos a la sala de urgencias, dijo la doctora Jacqueline M. Grupp-Phelan, pediatra especialista en urgencias en el Hospital Infantil de Cincinnati. “Influye en su propia percepción de qué tan bien manejan los problemas de sus hijos”.

También ha quedado claro que puede haber una propensión genética a la depresión. Su presencia en uno de los padres y el hijo puede, en parte, reflejar vulnerabilidades heredadas.

Y todo ello reafirma cuán crítico es que los médicos de atención primaria hagan las preguntas correctas y ofrezcan un diagnóstico sin estigmas.

“Las mamás aprecian que se les pregunte”, dijo Grupp-Phelan, quien ha hecho investigación sobre la aceptabilidad de la revisión de la salud mental. “Podría ser el único momento en el que se les haya preguntado sobre su depresión”.

Con frecuencia exhorto a las madres a prestar más atención a sus propios problemas médicos y a su salud mental. Los colegas pediatras cuentan historias de madres deprimidas que se desmoronan y lloran durante la consulta de sus hijos, pero luego dicen estar demasiado ocupadas atendiendo a la familia para recibir ayuda para sí mismas.

No me encanta el argumento de “hágalo por el bien de su hijo”; me preocupa que sugiera que la madre no es importante por derecho propio. Pero, para ser honestos, de todas formas lo digo porque funciona.

“Están abiertas a hacer algo sobre sus propios problemas porque podría ayudar a su hijo, y eso es un gancho muy fuerte para las madres”, dijo Grupp-Phelan. Y, cuando el “hacer algo” incluye centrarse en toda la familia, esas rutinas y rituales se pueden reconstruir, y hay bastante investigación para mostrar que los niños tienen gran capacidad de recuperación.

Así es que si los padres están abiertos a que se les hagan preguntas, y si sabemos que identificar a la depresión tiene beneficios importantes para nuestros pacientes y sus padres, ¿por qué no somos mejores a la hora de preguntar?

Como pediatra, tiendo a centrarme en el niño, claro. Formular preguntas sobre salud mental a los padres puede parecer una indiscreción o resultar invasivo.

Y está la inquietud de que aún si se trata de identificar un problema, es posible que no haya disponible una buena ayuda. Cuando se combinan la pobreza y la falta de acceso con la depresión parental, no es sorprendente que los riesgos sean mucho mayores.

Y, al buscar la depresión parental, al preguntar sobre ella y comentar los riesgos, puede existir la sensación de que los doctores están adjudicando responsabilidades. Creo que tememos que los padres que batallan con estas sombras se sientan acusados e incompetentes.

“Lo último en este mundo que deberíamos hacer es culpar a los padres”, dijo Beardslee. “Deberíamos acercarnos a ellos y ofrecerles esperanza”.