EL EJERCITO ESTADOUNIDENSE CENTRA LA ATENCION EN EL NARCOTRAFICO EN HONDURAS

BASE DE AVANZADA PARA OPERACIONES MOCORON, Honduras – El Ejército estadounidense ha aportado lecciones de los conflictos de la década pasada a la guerra contra las drogas que se libra en la jungla del territorio de los indígenas misquitos, con la construcción de este remoto campamento de base con poca advertencia de la población, pero con el apoyo del gobierno hondureño.

Es una de tres bases de avanzada en este país – una en la selva tropical húmeda, una en la sabana y una en la costa _, cada una en una ubicación crucial para interceptar a los traficantes que trasiegan cocaína desde Sudamérica hacia Estados Unidos.

Honduras es el punto central más reciente en la guerra estadounidense contra las drogas. A medida que México aprieta a los barones del narcotráfico que usan su territorio como centro de tránsito, más de 90 por ciento de la cocaína de Colombia y Venezuela destinada a Estados Unidos pasa por Centroamérica. Más de un tercio de esos narcóticos atraviesa Honduras, un país con vastas zonas incontroladas, y uno de los índices de homicidios per cápita más altos del mundo.

Esta nueva ofensiva, que surge justo cuando el ejército estadounidense reduce sus conflictos en Irak y Afganistán, y se moviliza para confrontar amenazas emergentes, también exhibe la nueva forma de guerra del país: misiones de pequeñas dimensiones con cantidades limitadas de tropas, sociedades con ejércitos de otros países y fuerzas policiales que toman la delantera en operaciones de seguridad, así como objetivos definidos estrechamente, orientados a insurgentes, terroristas u organizaciones criminales que amenacen los intereses de Estados Unidos.

La campaña se aprovecha de las duras lecciones aprendidas en una década de contrainsurgencia en Afganistán e Irak, donde se movilizó a las tropas de bases gigantescas a puestos de avanzada diseminados en zonas remotas y hostiles para poder confrontar a los insurgentes.

Sin embargo, la misión en Honduras se adaptó a normas estrictas de combate que prohíben que Estados Unidos pelee en Centroamérica, una situación delicada debido a la historia turbia de Washington con ese país, que fue la base de la operación secreta que dirigió Oliver North para canalizar dinero y armas a los rebeldes que combatían en la vecina Nicaragua. A algunos escépticos todavía les preocupa que el Ejército estadounidense pudiera accidentalmente dar poder a elementos rufianes de las fuerzas locales de seguridad.

En operaciones pasadas contra el narcotráfico, despegaron helicópteros que transportaban escuadrones antidrogas hondureños y estadounidenses de la capital Tegucigalpa cada vez que una fuerza de tarea de inteligencia identificaba rastros en los radares de un avión de narcotraficantes. Los vuelos de las tres horas requeridas para llegar a los puntos de encuentro de los cárteles no dejaban mucho tiempo libre para detectar los aviones al descargar toneladas de cocaína en piraguas, las cuales descendían por el río bajo el follaje de la selva para reunirse con lanchas rápidas y sumergibles en la costa que hacen el viaje al norte.

Al crear los nuevos puestos de avanzada – según el modelo de los de Afganistán e Irak que proporcionaron a las tropas un hogar pequeño y seguro en territorio insurgente _, se construyeron unas barracas espartanas pero cómodas. Tanques enormes contienen 17,000 litros de combustible para helicóptero. Paneles solares aumentan la capacidad de los generadores. Cada sitio tiene capacidad para 55 personas, cuyas rotaciones son cada dos semanas; todos a no más de 30 a 45 minutos por aire de los puntos de transferencia del contrabando.

Antes de su comisión en Centroamérica, el coronel Ross A. Brown pasó 2005 y 2006 en Irak como comandante del Tercer Escuadrón, Tercer Regimiento de Caballería Blindada, responsable del sur de Bagdad. Fue una época tan violenta que el ex presidente George W. Bush ordenó un incremento en los niveles de tropas para retomar la iniciativa.

Brown ahora comanda la Fuerza de Tarea Conjunta Bravo, con la cual sólo 600 tropas y él son responsables de las campañas militares en todo Centroamérica. Tiene órdenes de mantener una presencia discreta, apoyando a las autoridades locales y al Departamento Estadounidense Antidrogas (DEA), el cual lidera la misión de Estados Unidos contra el narcotráfico.

Las tropas estadounidenses en Honduras no pueden disparar excepto en defensa propia, y tienen prohibido responder con fuerza aun si agentes hondureños o del DEA están en peligro.

“Al contestar al crimen organizado transnacional, promovemos estabilidad, que es necesaria para la inversión extranjera, el crecimiento económico y minimizar la violencia”, dijo Brown. “También trastornamos e impedimos el posible nexo entre criminales organizados transnacionales y terroristas que dañaría a nuestro país”.

Para llegar a la Base de Avanzada para Operaciones Mocorón, un helicóptero militar Black Hawk voló por cañones cubiertos por neblina, sobre la selva tropical de triple enramada y por sabanas con docenas de rasguños de 180 metros de longitud: pistas piratas de los narcotraficantes.

Elementos del Equipo de Respuesta Táctica de Honduras, la unidad de élite contra el narcotráfico, realizaban operaciones un día reciente en el puesto de avanzada. Trabajaban junto con el Equipo de Apoyo Consultivo en el Extranjero of FAST, por sus siglas en inglés, creado por el DEA para impedir el comercio de amapola en Afganistán. Debido a la disminución en la campaña en ese país, – y con menores expectativas de lo que Washington puede hacer para detener el tráfico de heroína allá _, los elementos de FAST estaban en Honduras para planear misiones de confrontación en Centroamérica.

Y helicópteros hondureños transportaron a las fuerzas hondureñas de operaciones especiales, con instructores de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos – los boinas verdes del Ejército – desde el puesto de avanzada para sembrar explosivos que abrirían cráteres en las pistas de los narcotraficantes. La infantería hondureña proporcionó seguridad para el puesto, que sigue estando bajo comando hondureño.

Esas misiones se realizaron en medio de recordatorios de las guerras sucias de los 1980. Uno de ellos fue una delegación de personal congresal que estuvo de visita recientemente para evaluar el respeto a los derechos humanos de las fuerzas locales. Las leyes prohíben a Estados Unidos brindar asistencia a fuerzas extranjeras que violen los derechos humanos, así es que antes de que la Fuerza de Tarea Conjunta Bravo pueda cooperar con ejércitos centroamericanos, las embajadas estadounidenses deben certificarlos en los países donde habrán de ejecutarse esas operaciones.

Otro recordatorio está al otro lado de la pista de la Base Aérea Soto Cano, la enorme base hondureña en las afueras de la capital, donde se ubica una academia militar local y el cuartel central de Brown. Detrás de una barda alta se encuentra un complejo otrora usado por North, un teniente coronel de la Marina estadounidense que estuvo en el centro de la operación Irán contras, una campaña clandestina para venderle armas a Irán y desviar las ganancias para apoyar a los rebeldes en Nicaragua, a pesar de la legislación por la cual se prohibía la asistencia a la organización debido a violaciones a los derechos humanos. Hoy, la maleza tropical está borrando los rastros de la base secreta.

Sin embargo, esa historia aún lanza una sombra, dicen los escépticos de la campaña estadounidense.

“Sabemos, por los años de Reagan, que la infraestructura de Honduras – tanto su maquinaria de gobierno como sus fuerzas de seguridad – simplemente no es lo suficientemente fuerte, no es lo suficientemente a prueba de corrupción, no es lo suficientemente antivenal para ser un bastión de la democracia”, dijo Larry Birns, el director del Consejo de Asuntos Hemisféricos, un organismo de investigación de políticas públicas en Washington.

Lisa J. Kubiske, la embajadora de Estados Unidos en Honduras, es la responsable de poner orden en la mezcla compleja y a veces en competencia de programas interinstitucionales, así como supervisar que sean congruentes con la legislación sobre derechos humanos. Describió a las fuerzas armadas hondureñas como “socias entusiastas y capaces en este esfuerzo conjunto”.

Uno de esos socios, el comandante Pablo Rodríguez de la marina hondureña, es el oficial de mayor rango en la segunda base de avanzada en la costa, en Puerto Castilla. Señaló a su “flotilla plus” de varias docenas de embarcaciones confiscadas a los narcotraficantes, a la más rápida de las cuales la modernizaron con blindaje Kevlar encima de los motores fuera de borda y soportes para ametralladoras para perseguir a los narcotraficantes. El Departamento de Estado estadounidense financió las mejoras.

“Tenemos limitaciones en cuanto a la rapidez con la que nos movemos, aun cuando tenemos indicios contundentes de un embarque de drogas”, dijo Rodríguez. “No podemos hacer nada sin apoyo aéreo. Por eso es que es tan importante que Estados Unidos venga aquí”, agregó.

Los desplazamientos permanentes a ultramar de Estados Unidos se están reduciendo para encajar en el presupuesto más pequeño del Pentágono – y las misiones tradicionalmente asignadas a las fuerzas de operaciones especiales reflejarán cada vez más las campañas en sociedad. Un esfuerzo significativo es la presencia de 200 de esas tropas asignadas como instructores en toda Centroamérica.

La tercera base de avanzada, en El Aguacate, en el centro de Honduras, se estableció en una pista de aterrizaje abandonada que utilizaba la CIA en la época de Reagan.

Estados Unidos y gobiernos centroamericanos clasificaron como amenaza a los carteles de la droga, el crimen organizado transnacional y la violencia de las pandillas, con un consenso más amplio que cuando se construyó esa base en una época en la que se veía a la región a través del prisma estrecho del comunismo y el anticomunismo.

“Desde luego que la demanda de drogas en Estados Unidos exacerba los retos que cargan nuestros vecinos que combaten contra esas organizaciones – y es el porqué es tan importante que nos asociemos con ellos en sus campañas para contestar”, dijo el vicealmirante Joseph D. Kernan, el oficial número dos del Comando Sur, que es responsable de las actividades militares en Centro y Sudamérica.

Antes de esta misión, Kernan pasó años en las unidades de combate SEAL de la Marina y ve al esfuerzo por combatir a los carteles de la droga como algo necesario para prevenir que los terroristas coopten a organizaciones criminales para realizar ataques en este hemisferio.

Existen paralelismos “insidiosos” entre las organizaciones criminales regionales y las redes terroristas, dijo Kernan. “Operan sin hacer caso de las fronteras”, señaló, para poder contrabandear drogas, personas, armas y dinero.

A U.S. Air Force pilot during a pre-flight inspection at Soto Cano Air Base in Honduras, March 13, 2012. The American military, using lessons from the last decade of war, is using forward operating bases to get closer to the fight against cocaine trafficking in Honduras.  (Tomas Munita/The New York Times)