POTENTE MISION SE PREPARA EN EL VIENTRE DE UN BARCO DE GUERRA

A BORDO DEL U.S.S. JOHN C. STENNIS, en el norte del Mar Arábigo – Dependiendo de quién lo describa, un portaaviones nuclear puede ser varias cosas: un instrumento de la voluntad nacional, un enemigo que debe ser amenazado y observado, una ciudad en el mar que se mueve rápidamente y tiene amplio alcance.

Cuando se está a bordo de uno, sin embargo, un portaaviones es una inmensa madriguera de espacios y pasadizos entre mamparos, cada uno con un propósito. Hay cocinas y oficinas, tiendas y talleres, clínicas y salas de pesas, una peluquería, un centro de reciclaje, salas de máquina, reactores nucleares y más.

Y también la sala que da al barco su misión: el compartimento de ensamblaje de bombas.

En esta noche, 17 marinos habían trepado a través de una pequeña escotilla circular sobre el salón comedor y luego descendido, por una escalerilla, muy por debajo de la línea de flotación a un espacio que pocos marinos ven. Nueve niveles por debajo de la cubierta de vuelos, detrás de una pesada puerta con cerrojo, en una gran sala brillantemente iluminada provista de rociadores contra incendios, una docena de cascos de bombas BLU-111 descansaban sobre camastros de metal en el piso antideslizante.

Era tarde, y gran parte de la tripulación del barco estaba dormida. El portaaviones vibraba mientras sus cuatro hélices se abrían paso en el oscuro mar frente a la costa sudoccidental de Pakistán.

Varios marinos con camisas rojas tomaron posiciones cerca de un estante de metal cubierto con rodillos. Otros cargaban grandes aletas de metal. Algunos más abrían cajas que contenían interruptores y espoletas. Tres marinos levantaron el primer casco de bomba con un montacargas eléctrico, trasladándolo hacia lo que pronto sería una línea de ensamblaje.

Había empezado una sesión de construcción de bombas.

Los oficiales de la Armada tienen una frase que repiten a menudo y con pasión: Un portaaviones operado con energía nuclear es una manifestación imponente y versátil del poderío de Estados Unidos. Un barco como el Stennis, dicen, que estaba enviando aviones en misiones sobre Irak un día y sobre Afganistán 36 horas después, permite a Washington proyectar influencia, sin límites de fronteras o derechos de base.

A eso, la contramaestre Jaime L Evock, de 33 años, añadió su propia frase.

Estaba supervisando a los marinos con camisas rojas, el uniforme que llevan quienes manejan artillería. Estaban uniendo las partes que permiten a un portaaviones y sus aviones penetrar en otro país y matar.

Sin importar lo que alguien piense del poderío aéreo, sin municiones y la gente que las ensambla, dijo, “este barco sería un aeropuerto flotante”.

Hay algo de verdad en ello. Al final de la larga cadena de acontecimientos que acerca a un portaaviones a una línea costera y pone a los cazabombarderos de la Armada dentro del alcance de un blanco terrestre, más allá del punto de liberación en que los aviones sueltan su artillería, el acto final radica en cada misil o bomba que desciende por el aire; lo cual depende de los marinos que lo ensamblaron aquí.

En esta noche, los camisas rojas estaban manejando un material conocido. Cada BLU-111 en la pila era una parte central de un arma básica de la guerra aire-tierra occidental: la bomba de 226 kilogramos para propósitos generales. Cada una contenía 81 kilos de PBXN altamente explosivo dentro de un proyectil de acero aerodinámico.

En sí mismo, sin embargo, el caso de una bomba es casi inútil. Ahí es donde entran Evock y su equipo: Su tarea era conectar los componentes que les convertían en bombas vivas. Dependiendo de las aletas, espoletas y paquetes de guía particulares que se conecten, un BLU-111 puede convertirse en una bomba inteligente guiada por láser o GPS, o cualquiera de varios tipos de bombas “tontas”, o una mina submarina. El arma puede ser configurada para penetrar en un búnker, o para enterrarse en el suelo antes de estallar, reduciendo por tanto la cantidad de metralla letal y la intensidad de la onda expansiva, para reducir el riesgo de bajas no combatientes o de daño no deseado en propiedades. En esta noche, el equipo de Evock estaba preparando los pedidos de los escuadrones de F/A 18 del portaaviones de una docena de bombas altamente explosivas no guiadas. Entre los vuelos a Afganistán, las tripulaciones aéreas usan éstas para rondas de entrenamiento para mantener sus capacidades.

Las partes necesarias habían sido traídas aquí desde una red de compartimentos alimentadores distribuidos por el barco. El contramaestre de segunda clase Shawn M. Scheffler, de 26 años de edad, caminaba a lo largo de los estantes de partes mientras los marinos gritaban números de lotes, recopilando lo que se llama un pliego de construcción para cada bomba.

Para los que esperaban nervios alterados y gotas de sudor mientras los marinos manejan explosivos, este era el lugar equivocado. Hasta que son ensambladas, liberadas y armadas, estas bombas son estables. Los camisas rojas trabajaban metódicamente, con precisión practicada y sin el aire dramático visto en “The Hurt Locker”, que cubrió el manejo de explosivos de un tipo diferente.

Una vez que las espoletas traseras fueron insertadas y ajustadas y las aletas colocadas y fijadas, cada bomba estuvo lista para ser llevada en un carrito a un elevador que la transportaría a la cubierta de vuelos. Ahí arriba, las bombas serían guardadas en un área llamada granja de bombas, a la espera de ser colocadas en los aviones.

La primera de las bombas esta noche estuvo lista en quizá 10 minutos. El contramaestre de primera clase Joshua J. Austring, de 28 años de edad, recorrió la línea, asegurándose de que los componentes fueran ajustados al par de torsión correcto.

“Numerosas cosas pueden salir mal”, dijo. “Queremos asegurarnos de que cuando los pilotos estén ahí afuera en apoyo a los infantes de Marina, y los infantes de Marina pidan que algo sea lanzado, ese algo funcione bien”.

A lo largo del proceso, los contramaestres llevan registros, documentando cada paso en el ensamblaje; las hojas de registro seguirán a cada bomba hasta un avión, y a través de su eventual uso.

Si un arma no funciona adecuadamente, dijeron, la información en los registros puede ser compartida con los equipos de disposición de artillería explosiva en tierra para ayudar a que sea segura una bomba sin estallar. También pueden ser usados para identificar los errores cometidos por los camisas rojas. “Si hay una falla, regresa a mí”, dijo Scheffler.

Los registros también son usados cuando una bomba es llevada en una misión pero no lanzada; es regresada a espacio para ser desmontada y todos los componentes contabilizados.

Detrás de Scheffler estaba el trabajo de turnos previos: bombas que serían guiadas por láser, bombas con antenas de GPS en la cola, bombas que explotarían al impacto o en medio del aire.

El Stennis estaba preparándose para su recorrido por Medio Oriente y el Mar Arábigo. Pronto entregaría la responsabilidad de ofrecer apoyo aéreo en Afganistán a otro portaaviones que iba en camino.

Los camisas rojas esta noche no lo sabían todavía, pero ninguna de las bombas que ensamblaron sería lanzada en Afganistán, donde el uso de la fuerza aire-tierra ha declinado conforme las condiciones y tácticas en tierra han cambiado. Pronto serían desmanteladas y los componentes verificados y almacenados, y la proa del Stennis apuntaría hacia el este, rumbo a casa.

An aviation ordnanceman assembles 500-pound training bombs in the bomb assembly magazine of the aircraft carrier USS John C. Stennis, in the North Arabian Sea, Jan. 11, 2012. Deep below the water line, sailors on the aircraft carrier build the bombs that turn the ship from a floating airport into a projection of American military power. (Tyler Hicks/The New York Times)