
MBABANE, Suazilandia – Cada día, el rey Mswati III y su séquito de 13 esposas deben tomar decisiones difíciles: ¿deberían ir en el BMW o en el Rolls Royce? ¿En cuál de los lujosos palacios dormir? ¿Ir en el jet a Dubái a satisfacer un frenesí de compras o a Las Vegas para jugar en las distintas mesas?
Doris, una enfermera de 35 años de edad, que vive aquí, en la capital de este reino pequeñito, la última monarquía absoluta de Africa, enfrenta un conjunto bastante distinto de decisiones: ¿sus cuatro hijos necesitan nuevos uniformes escolares o se pueden reparar los agujeros que tienen los viejos para que aguanten otro semestre? ¿Cuánto pollo debe poner en la cena de cada noche, dado que puede pagar sólo un pollo a la semana con su salario neto de unos 300 dólares mensuales?
“Ya no puedo darme el lujo de pagar carne de res”, comentó Doris, quien no quiso revelar su apellido porque dijo que teme las represalias de sus jefes en el hospital. “Apenas puedo pagar los frijoles”.
El aparente doble estándar de una vida de lujos para el Rey, junto con sueldos enormes para sus altos funcionarios, mientras que la clase media y los pobres se las arreglan con menos, ha desatado un torrente de rabia. Los maestros del país han estado en huelga desde junio. Los servidores públicos también están en el piquete por lo que está paralizado el gobierno. Una ola de protestas enconadas ha convulsionado a este reino, normalmente tranquilo, haciendo que el gobierno llame a los guardias de las prisiones a ayudar a la agobiada fuerza policial a repeler los disturbios.
En junio, Doris y sus compañeras enfermeras se unieron a los maestros y empleados gubernamentales en los piquetes nacionales para exigir un incremento de 4.5 por ciento al salario. El gobierno, recién salido de una crisis fiscal provocada por una caída en los ingresos en medio de la desaceleración mundial, declaró estar en la pobreza y prescribió austeridad. El nuevo impuesto al valor agregado de 14 por ciento incrementó las arcas gubernamentales, pero redujo todavía más la paga de la gente común. Los empleados gubernamentales han tenido que arreglárselas sin aumentos.
Sin embargo, el gobierno no ha practicado exactamente lo que predica. En 2010, justo antes del comienzo de la descomunal crisis fiscal, altos funcionarios gubernamentales se otorgaron grandes aumentos, paquetes de retiro y pensiones. El primer ministro tiene derecho a un único pago de 200,000 dólares cuando deje el cargo. En un país donde dos tercios de la población viven con dos dólares diarios, el gobierno incrementó los sueldos de los parlamentaristas a 2,400 dólares mensuales.
Los manifestantes dicen que no tienen nada en contra de la monarquía, que es un símbolo poderoso de la cultura suazi. Sin embargo, argumentan que el país necesita cambios importantes, y que el poder sin restricciones del Rey no tiene cabida en una nación moderna.
“Es claro que ni el primer ministro ni su gabinete han proporcionado los servicios ni hecho funcionar la economía”, dijo Velaphi Mamba de la Iniciativa de una Sociedad Abierta para Sudáfrica. “Es evidente que el pueblo suazi tiene el derecho de echarlos de los cargos si quiere. Pero no pueden porque el único que tiene el poder es el Rey”.
Suazilandia se localiza entre Sudáfrica y Mozambique, un poco más pequeño que Nueva Jersey, con 1.3 millones de habitantes. Obtuvo su independencia de Gran Bretaña en 1968, cuando el padre del rey actual, Sobhuza II, asumió el poder como monarca constitucional.
Sin embargo, pronto se cansó de la oposición de partidos políticos molestos, así es que los prohibió en 1973 y disolvió al Parlamento. El rey Mswati III, su hijo, se llama un modernizador, ha tomado menos esposas que su padre y firmó una nueva Constitución en 2005. Sin embargo, todavía no se permiten los partidos políticos, y el rey conserva el poder para nombrar al primer ministro y disolver al Parlamento cada vez que quiere. Esto ha hecho que Suazilandia sea atípico en un continente cada vez más democrático.
Suazilandia es, al menos en el papel, un país de ingresos medios. Sin embargo, la mayoría de su pueblo vive en la pobreza, y tiene el índice más elevado de infecciones por VIH del mundo. Su economía, a diferencia de la de muchos otros países africanos, está prácticamente estancada. La corrupción corroe la vida pública: un alto funcionario gubernamental estimó que se pierden cinco millones de dólares en extorsiones.
“Se trata del tipo de gobierno en el que todos son libres de hacer cualquier cosa sin temor al castigo”, indicó Sibongile Mazibuko, el secretario general del sindicato de maestros y personaje destacado en la lucha por mejores salarios para los empleados de gobierno. “No hay remordimiento. No hay vergüenza. No hay culpa.”.
El gobierno respondió a las protestas reprimiendo duro. Cuando las enfermeras del principal hospital público en la capital trataron de organizar una marcha de protesta, policías con atuendo antimotines las bloquearon impidiendo que salieran del estacionamiento y las amenazaron con garrotes y gas lacrimógeno. Las enfermeras, vestidas con chaquetas rojas, bailaron y cantaron canciones de protesta en el estacionamiento.
“La gente tiene miedo”, susurró una de las enfermeras, que no quiso darme su nombre. “No nos importa tener un rey. Pero el pueblo debería elegir al primer ministro. Los políticos tienen que rendirnos cuentas a nosotros”.
Sin embargo, cuando la gente habla, los político parecen no escuchar. Docenas de padres se reunieron cerca del edificio del Parlamento en los límites de esta ciudad, una tarde reciente, con la esperanza de presentar una petición ante los legisladores en la que exigían un aumento para los maestros para que regresaran a los salones de clase. La policía respondió bloqueando las calles que dan al Parlamento. Los padres reunidos en un campo cercano, se pusieron a cantar.
“Se trata de un gobierno que no escucha a su pueblo”, dijo el reverendo Suanini Shabalala, quien se unió a los padres. “Muestra que no hay democracia, no hay respeto por los derechos del pueblo en tanto ciudadanos de un país”.
Mientras hablaba, sus compañeros padres cantaban y golpeaban los pies contra el suelo al unísono.
“¿Por qué tienen miedo?”, les gritaban a los políticos, que ni los podían ver ni escuchar. “Se les acerca su hora”.
















