DESDE SUDAN, UNA NUEVA OLA DE NIÑOS PERDIDOS

YIDA, Sudán del Sur – Miles de niños sin acompañantes están saliendo en tropel de una región aislada y rebelde de Sudán, huyendo de un incesante ataque aéreo y la perspectiva de la inanición.

Enviados por sus padres en odiseas horrendas a través de campos de batalla y pantanos infestados de malaria, los niños están repitiendo uno de los capítulos más sórdidos de la historia sudanesa: la peligrosa huida de los llamados Niños Perdidos durante la guerra civil en los años 90, que vagaron por cientos de kilómetros eludiendo a milicias, bombarderos y leones.

Ahora, una nueva generación de Niños Perdidos, y algunas Niñas Perdidas también, están emergiendo de una guerra que, pese a un acuerdo de paz, nunca ha terminado por completo.

Haidar Musa, de 14 años de edad, recientemente entró caminando penosamente en el lodoso y vertiginosamente creciente campamento de refugiados aquí en Yida, que aumenta en mil personas cada día, convirtiendo a una frondosa selva verde en un mar escuálido de tiendas de campaña blancas de Naciones Unidas. Con él venían otros ocho niños con la ropa desgarrada y el estómago lleno de pasto, su único sustento durante varios días.

Estaban parados descalzos sobre la tierra, mirando ansiosamente una enorme olla de frijoles que hervía, listos para una comida real y un nuevo hogar: una caja de cartón aplastada donde dormir en una choza infestada de ratas.

“Ya no hablamos de nuestros padres”, dijo Haidar, que intentaba torpemente abrochar los botones rotos de una camisa donada. “Aun cuando regresemos, no encontraremos a nadie”.

John Prendergast, co-fundador del Enough Project, que lucha por poner fin al genocidio y los crímenes contra la humanidad, trabajó de cerca con los Niños Perdidos hace 20 años. “Estos sobrevivientes parecían tener una historia única, que nunca se repetiría”, dijo. “Pero aquí estamos de nuevo”.

Sudán, quizá más que cualquier otro país en esta región, parece tener una capacidad destructiva para hundirse de nuevo en los peores días del pasado.

Muchas otras naciones africanas han caído en la guerra civil pero eventualmente salen. Incluso la Somalia acribillada finalmente se está sacudiendo el caos. Pero los sudaneses han estado esencialmente en guerra contra sí mismos durante 56 años, con pocos respiros. Hoy en día, esta guerra continúa en muchos de los mismos antiguos lugares, en muchas de las mismas antiguas formas.

Una característica de la estrategia de contrainsurgencia del gobierno sudanés es un despiadado ataque contra los civiles, desencadenado en el sur en los 80, las Montañas Nuba en los 90 y Darfur a principios de este siglo. Ahora, es en las Montañas Nuba de nuevo, donde el bombardeo por parte de la fuerza aérea sudanesa ha obligado a aldeas enteras a retirarse a cuevas en la cima de las montañas, dejando los campos sin arar, los mercados vacíos y a la gente al borde de la inanición.

El derramamiento de sangre en Nuba es dirigido por algunos de los mismos funcionarios responsables por las matanzas anteriores, como el Presidente Omar al-Bashir, en el poder desde 1989, y Ahmed Haroun, gobernador del estado que comprende a las Montañas Nuba. Ambos son buscados por la Corte Penal Internacional bajo cargos de crímenes contra la humanidad por el derramamiento de sangre en Darfur, y Al-Bashir también ha sido acusado de genocidio.

La ofensiva actual parece estar poniendo a los niños de Nuba en la mira, y a menudo no tienen a dónde correr.

Un encargado en el campamento de Yida dijo que 14 niños que trataban de llegar aquí fueron acribillados en un retén del ejército sudanés. Las esquirlas de las bombas han destrozado a muchos más. Las enfermedades arrasan en el campo, y muchos infantes que logran llegar a Yida a la espalda de sus madres están tan delgados y enfermos que de inmediato son atendidos en un hospital de campo colocándoles tubos de alimentación por la nariz.

Incluso desde antes de la independencia en 1956, Sudán se ha visto atosigada por las tensiones entre el centro y la periferia a menudo expresadas por medio de la explosión de proyectiles. Así como el gobierno central tiene una tradición de brutalidad, los grupos minoritarios tienen una tradición de insurrección fuertemente armada.

En la actualidad, decenas de miles de soldados de Nuba, equipados con artillería, cohetes y tanques, están negándose a desarmarse hasta que caiga el gobierno en Jartum, la capital de Sudán, diciendo que han sido marginados y oprimidos, en parte porque muchos nubaneses son no árabes y cristianos, mientras que el gobierno de Jartum está dominado por musulmanes árabes.

Se sospecha que la nación recientemente independiente de Sudán del Sur, que se desprendió de Sudán el año pasado, canaliza armas a los rebeldes nubaneses, que operan justo al norte de la frontera y combatieron al lado de los sudaneses sureños durante años. Sudán y Sudán del Sur casi han ido a la guerra en los últimos meses, después de alcanzar un estancamiento en torno a cómo compartir las utilidades petroleras y demarcar la frontera.

Las economías de ambos países se están tambaleando, con el estallido de disturbios en todo Sudán a fines de junio, poniendo a prueba el dominio del poder de Al-Bashir y alentando a los rebeldes nubaneses a seguir combatiendo. Nadie ve que esta guerra vaya a amainar pronto.

En Yida, unos 30 kilómetros al sur de la frontera con Sudán, el inicio del día es anunciado por el crujido de las hachas partiendo la madera. Se están derribando arboles. Se están abriendo caminos. El campamento se está volviendo permanente.

Funcionarios de Naciones Unidas están desesperados por detener esto, diciendo que el campamento está demasiado cerca de una zona militar, la frontera en disputa. Yida misma ha sido bombardeada. Funcionarios del campamento se niegan a construir escuelas o distribuir semillas aquí, diciendo que los aproximadamente 60,000 refugiados se deben trasladar al sur. Pero nos refugiados no se mueven, y afirman que el sueño es malo más al sur.

“Nuestra posición no es ambigua”, dijo Teresa Ongaro del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados. “Tenemos graves preocupaciones de seguridad en torno a los refugiados que se quedan en Yida”.

El campamento parece estar teniendo una doble función como base rebelde. Recientemente, no lejos de donde viven Haidar y los otros niños, rebeldes nubaneses que portaban ametralladoras cargaron un camión con barriles de combustible y luego cubrieron su carga con una lona de Naciones Unidas.

Los nubaneses son una paradoja. Son celebrados por sus métodos de antaño, como la escarificación y la lucha heroica, pero al mismo tiempo anhelan una educación moderna. Muchos niños dijeron que sus padres los mandaron lejos porque la mayoría de las escuelas habían cerrado en las Montañas Nuba cuando empezaron los bombardeos. La esperanza era que pudieran aprender en Yida.

Otros niños dijeron que se separaron de sus familias durante los innumerables ataques terrestres y bombardeos intensos del año pasado. A menudo los grupos de niños, algunos de apenas siete años de edad, fueron guiados por un maestro o combatiente rebelde a través de las pedregosas colinas de Nuba hasta Yida, una odisea infernal que regularmente toma unos 10 días a pie.

La choza de Haidar, la No. 60 en el campamento de niños, es compartida con otros tres niños. Ninguno tiene mosquitero, aunque la malaria es endémica y a menudo mortal.

Uno de sus compañeros de choza, Jazooli, no tiene idea de dónde están sus padres.

Haidar era un esclavo, tras ser secuestrado por jinetes árabes cuando tenia seis años, junto con su hermano, y le obligaban a pastorear cabras. La esclavitud era un problema grave durante la guerra civil norte-sur y parece estar al alza de nuevo. Los secuestradores recientemente dispararon al hermano de Haidar, dijo. Haidar huyó, encontrándose a otros niños a lo largo del camino y esencialmente olvidándose de sus padres.

“No recuerdo cómo son mis padres”, susurró.

Los líderes voluntarios del campamento están desesperados. Están tratando de mantener el campamento limpio, ordenando a los niños que barran el suelo con ramas y restrieguen las ollas con arena.

“Pero a menos que termine la guerra, va a ser muy difícil”, dijo Ahmed Mamoun, un encargado. “No veo cómo estos niños encontrarán a sus padres”.

A group of Sudanese refugees make their way to a camp in Yida, South Sudan, where thousands of people, many of them unaccompanied children, are retreating to flee the violence in the Nuba Mountains, June 22, 2012. A new generation of Lost Boys, and some girls too, is emerging from a war that, despite a peace agreement, has never completely ended. (Tyler Hicks/The New York Times)