
TUNEZ, Túnez – El estudiante islamista ultraconservador anunció su llegada pateando un enorme cenicero de metal en el vestíbulo. “Quieren dificultarme la vida”, gritó, mientras subía las escaleras hacia la oficina del decano de la universidad. “Bueno, yo puedo hacer que sea duro para ustedes”.
Sin ningún guardia de seguridad a quien llamar y a sabiendas de que no llegaría pronto la policía, si es que llegaba, el decano de cabello encanecido, Habib Kazdagli, sólo pudo suspirar, refugiarse detrás de una puerta cerrada y tratar de tranquilizar a los visitantes, asegurando que todo estaría bien.
Así comenzó una confrontación reciente en la Universidad Manuba en las afueras de Túnez, la capital del país, donde las tensiones han sido intensas durante casi un año. Aquí, un puñado de estudiantes salafistas ultraconservadores y grandes cantidades de sus partidarios, muchos de los cuales son de las provincias pobres, se han enfrentado a un cuerpo docente urbano con un fuerte sentido de que este campus con sólo lo elemental y senderos cubiertos de vegetación, no es lugar para tener salas de oración ni mujeres con velos en la cara.
La agitación en Manuba ha mantenido a Kazdagli, a quien eligen representantes del personal docente, entre las primeras noticias y en las páginas editoriales, a veces con admiración por abrazar un campus secular; en ocasiones, ridiculizado por permitir que las cosas se salieran de control o por no reconocer las necesidades de los estudiantes salafistas.
De muchas formas, sus problemas ofrecen una ventana hacia las fuerzas en movimiento en Túnez hoy, a medida que el país trata de construir un nuevo orden, equilibrando las libertades de la democracia y la religión, así como complejos anhelos del pueblo que, tras vivir bajo gobernantes represivos por casi 60 años, tiene poca experiencia en adaptarse a su diversidad.
La primavera árabe comenzó en Túnez, y sigue siendo el punto distintivo en la región, donde un partido islamista moderado asumió el poder, se eligió a una asamblea constitucional que está trabajando, tiene una reducida sociedad instruida y clase media fuerte. Sin embargo, tal como Egipto, Libia e, incluso, Estados donde el gobierno no cayó, como Marruecos, Túnez todavía batalla para aceptar el papel que tendrá el islam en la vida pública. Es una lucha que muchos tunecinos creen que resultará ser la creación – o la destrucción – de su Estado en ciernes.
Tunecinos más moderados han planteado crecientes inquietudes sobre lo que ven como un comportamiento de matones por parte de los islamistas de línea dura, mismo que no se castiga. A finales de mayo, las autoridades detuvieron a 15 personas después de que salafistas empezaron a arrasar todo, incendiando comandancias policiales y atacando bares donde se vende alcohol en varias ciudades del noroeste.
“Se aplicará la ley”, dijo Said Mechichi, el secretario de Estado para el interior, según TAP, la agencia oficial de noticias de Túnez.
Sin embargo, en Manuba, Kazdagli ha tenido un año difícil, con poca ayuda de las autoridades. En una ocasión, manifestantes lo mantuvieron encerrado en su oficina hasta las 4 a.m. Otros días, hicieron lo contrario, y realizaron plantones en el vestíbulo, bloqueándole el acceso hasta su escritorio.
Los manifestantes cerraron completamente durante casi un mes la Facultad de Letras, Artes y Humanidades que encabeza Kazdagli, evitando que miles de estudiantes presentaran los exámenes.
Aunque ha solicitado ayuda al gobierno, éste le ha brindado muy poca.
La policía sólo sacó a los manifestantes del campus de Manuba en una ocasión, dijo, después de que un salafista bajó la bandera tunecina para colocar una musulmana. Videos publicados en YouTube muestran a una joven estudiante tratando de volver a pone la bandera tunecina y a un salafista que la tira al suelo.
En ese entonces, el ministro de educación, Moncef ben Salem, dijo a los reporteros que Kazdagli no había manejado bien la situación en Manuba, ya que no “hizo lo que se necesitaba hacer para resolver la situación pacíficamente”.
Sin embargo, el afable Kazdagli muestra poca inclinación a echarse atrás. No está a punto de ceder ninguno de sus tan necesarios salones de clase para que los estudiantes tengan un lugar donde rezar, en especial, dijo, cuando hay uno cerca. Ni tampoco está dispuesto a permitir que las estudiantes usen velo en clase, como exigen los salafistas.
“¿Cómo le puedes enseñar a una estudiante sin poder verle la cara; o aplicar un examen cuando no sabes quién es?”, preguntó.
En general, los tunecinos más cosmopolitas que viven a lo largo de la costa más rica toman partido por el asediado Kazdagli, quien alguna vez participó en el Partido Comunista, una organización a la cual, igual que a los islamistas, reprimió Zine el Abidine ben Ali, el ex líder del país.
Esos partidarios ven el predicamento de Kazdagli como un augurio peligroso – un signo de que el nuevo gobierno, liderado por el partido islamista moderado Enada, no está dispuesto a someter a los islamistas ultraconservadores al imperio de la ley.
También les inquietan otros acontecimientos recientes, el más notable de los cuales fue el fallo por el cual se multa a un ejecutivo de televisión con cerca de 1,600 dólares por haber transmitido la cinta “Persépolis”, la cual algunos musulmanes encuentran ofensiva porque incluye una escena en la que aparece Dios. No sólo les preocupa la condena, sino el hecho de que no se haya ejercido acción judicial contra nadie por los ataques contra la televisora, ni porque lanzaron un coctel molotov contra la casa del ejecutivo.
Sin embargo, otros dicen que el gobierno sólo es pragmático, que realiza un cuidadoso acto de malabarismo, tratando de no perder electores antes de las nuevas elecciones programadas para el año entrante. Abu Yaareb Marzuki, el viceprimer ministro para educación, rechazó las inquietudes sobre la multa impuesta al ejecutivo de televisión.
“Ni siquiera puedes pagar el almuerzo con esa cantidad”, dijo.
Por su parte, los salafistas siguen profundamente decepcionados porque el nuevo orden no ha hecho más para hacer cumplir una forma de vida religiosa.
Rafik Gaki, un abogado salafista y activista, dijo que ellos seguirían presionando para imponer la charia, la cual, él cree, se malinterpreta y podría impartirse justicia imparcial incluso para los ciudadanos no musulmanes de Túnez. Gaki dijo que la violencia es inaceptable. Sin embargo, señaló que cuando sí ocurre, generalmente, es resultado de provocaciones, como cuando manifestantes salafistas le dieron de cabezazos a un periodista que salía del juicio sobre “Persépolis”.
No obstante, hay mucho en Túnez que parece esperanzador. Dentro del edificio del Parlamento, la Asamblea Nacional Constituyente ha estado sopesando los artículos de la nueva Constitución, y suena tan torpe y tan estable como cualquier organismo gubernativo occidental.
Un día reciente, la Asamblea reflexionaba sobre las medidas presupuestarias. Asambleístas señalaron orgullosamente que los fondos de este año se repartirían con base en una fórmula en la que se tomarían en cuenta cálculos de necesidades.
“Enviamos un mensaje de la revolución”, dijo Lobna Jeribi, quien es parte del comité de finanzas de la Asamblea. “No es sólo el capricho de un funcionario gubernamental que decidirá a dónde va el dinero, como era en el pasado”.
No obstante, en el otro extremo de la ciudad, ese mismo día, Kazdagli estaba reunido en su oficina con dos periodistas de The New York Times que trataban de hacer que la policía los escoltara fuera del edificio.
“Con esto vivo”, dijo.
El furioso estudiante afuera de la oficina del decano, Mohamed Rafik Alegui, de 28 años, clamaba contra una audiencia disciplinaria esa mañana en la cual se recomendó que lo suspendieran un mes por amenazar a un profesor.
Alegui gritó reiteradamente a través de la puerta que Kazdagli, quien es experto en minorías en Túnez, incluida la población judía, es un sionista. Se quejó de que se había disciplinado a los salafistas mientras que la administración no hacía nada “sobre todo el besuqueo en el campus”.
Kazdagli llamó varias veces a la policía hasta que por fin les dijo que había dos periodistas con él en la oficina y que lamentarían no haber ido. Llegaron unos 20 minutos después de esa llamada.

Todd Heisler/The New York Times
















