Uno de los personajes de “Stagecoach”, la película clásica de 1939, el banquero llamado Gatewood, sermonea a su público cautivo sobre los males de un gran gobierno, especialmente en cuanto a la reglamentación bancaria – “¡Como si nosotros los banqueros no supiéramos cómo manejar nuestros propios bancos!”, exclama. A medida que avanza la cinta, nos enteramos que, de hecho, Gatewood está escapando del pueblo con una cartera llena de dinero malversado.

Hasta donde sabemos, Jamie Dimon, el presidente y ejecutivo de JPMorgan Chase no planea nada parecido. No obstante, es aficionado a pronunciar discursos al estilo de Gatewood, sobre cómo sus colegas y él saben lo que están haciendo y no necesitan que el gobierno mire por encima de sus hombros. Así es que hay muchísima justicia poética – y una gran lección política – en el impactante anuncio de JPMorgan en cuanto a que, de alguna forma, se las arregló para perder 2,000 millones de dólares en contratos financieros fallidos y deshonestos.

Sólo para ser claros, los hombres de negocios son humanos – aunque los Señores de las finanzas tienen la tendencia a olvidarlo – y todo el tiempo cometen errores con los que se pierde dinero. Eso en sí mismo no sería razón para que el gobierno se involucrara. Sin embargo, los bancos son especiales porque los riesgos que toman los pagan, en gran parte, los contribuyentes y la economía en su conjunto.

Y lo que JPMorgan acaba de demostrar es que se debe limitar claramente el tipo de riesgos que se les permita tomar hasta a los banqueros supuestamente inteligentes.

¿Por qué exactamente son especiales los bancos? Porque la historia nos dice que la banca está y siempre ha estado sujeta a “pánicos” ocasionales y destructivos, que pueden crear el caos en la economía en su conjunto.

La actual mitología de derecha en Estados Unidos dice que la banca negativa es siempre resultado de la intervención gubernamental, ya se trate de la Reserva Federal o de los liberales metiches en el Congreso. No obstante, de hecho, en el Estados Unidos de la Edad Dorada – un territorio con gobierno mínimo y nada de Reserva – estuvo sujeta a pánicos aproximadamente cada seis años. Y algunos de ellos infligieron enormes pérdidas económicas.

¿Entonces, qué se puede hacer? En los 1930, después de la madre de todos los pánicos bancarios, llegamos a una solución viable, que implicaba tanto garantías como supervisión. Por una parte, se limitó el ámbito para el pánico bancario mediante el seguro al depósito respaldado por el gobierno; por la otra, se sometió a los bancos a normativas cuyo propósito era evitar que abusaran del estatus privilegiado que derivaron del seguro al depósito, el cual, en efecto, es una garantía gubernamental de sus deudas. Más notablemente, se permitió que los bancos con depósitos garantizados por el gobierno participaran en especulaciones, a menudo riesgosas y características de los bancos de inversiones como Lehman Brothers.

Este sistema nos dio medio siglo de relativa estabilidad financiera. Aunque al final se olvidaron las lecciones de la historia. Proliferaron nuevas formas bancarias sin garantías gubernamentales, mientras que se permitió a los bancos convencionales y los modernos a correr riesgos cada vez mayores. En efecto, al final sufrimos la versión del siglo XXI de un pánico bancario de la Edad Dorada, con consecuencias terribles.

Está claro, entonces, que necesitamos restablecer el tipo de salvaguardas que nos dieron un par de generaciones sin importantes pánicos bancarios.

Está claro, es decir para todos, excepto para los banqueros y los políticos a los que financian – porque ahora que ya se les rescató, claro que a los banqueros les gustaría retornar a la normalidad. ¿Mencioné que Wall Street le está dando vastas sumas de dinero a Mitt Romney, quien ha prometido revocar las recientes reformas financieras?

Dimon, por ejemplo. JPMorgan, para crédito de la institución – y de él – se las arregló para evitar muchas de las malas inversiones que pusieron de rodillas a los otros bancos. Esta aparente demostración de prudencia ha hecho que Dimon sea la persona clave en la lucha de Wall Street para retrasar, diluir y/o revocar la reforma financiera. Ha sido particularmente expresivo al oponerse a la norma Volcker, por la cual se evitaría que los bancos con depósitos garantizados por el gobierno participen en “operaciones de cartera propia”, básicamente, especulando con el dinero de los depositantes. Sólo confíen en nosotros, de hecho, ha estado diciendo el jefe de JPMorgan; todo está bajo control.

Aparentemente, no.

¿Qué fue lo que realmente hizo JPMorgan? Hasta donde podemos saber, usó al mercado para los derivados – complejos instrumentos financieros – para hacer una enorme apuesta en la seguridad de la deuda corporativa, algo parecido a lo que hizo la aseguradora AIG con la deuda de la vivienda hace unos años. El punto clave no es que haya fallado la apuesta, sino que las instituciones con una función clave en el sistema financiero no tenían por qué hacer ese tipo de apuestas, y mucho menos cuando las respaldan garantías de los contribuyentes.

Por el momento, Dimon parece haber escarmentado, incluso admitió que quizá quienes proponen normativas más estrictas tengan algo de razón. Es probable que no dure; espero que Wall Street retorne a su arrogancia usual en cuestión de una semana, si no es que de días.

Sin embargo, la verdad es que acabamos de ver una demostración objetiva del porqué sí es necesario regular a Wall Street. Gracias, señor Dimon.