Con la colaboración en la investigación de Matthew Rosenberg y Taimoor Shah desde Kandahar, Afganistán, y empleados afganos de The New York Times en las provincias de Kunar, Nangarhar, Kunduz y Helmand.

KABUL, Afganistán – Los comerciantes agachados bajo los muros de un antiguo fuerte, se acomodaban con las ovejas y las cabras mientras hablaban, de cuando en cuando, mirando nerviosamente hacia arriba, al dirigible que se ha convertido en su supervisor constante.

“Está ahí todos los días, excepto cuando hace aire y está lluvioso”, dijo Suleman, de 45 años, quien sólo usa un nombre.

“Nos observa día y noche”, señaló Rahmat Shah, de 28 años, un vendedor de automóviles usados, quien estaba parado ligeramente cerca del otro hombre. “Sé que hay una cámara adentro”.

El dirigible, un globo de vigilancia de 117 pies de largo, al que el ejército denomina aerostato, y veintenas más iguales en casi todas las bases militares del país, se han convertido en características constantes de los cielos de Kabul y Kandahar, y las demás partes donde están concentradas tropas estadounidense o existe algún interés.

Brillando a más de 1,500 pies de altura en la bruma diurna o cada uno visible como una sola luz que parpadea por la noche, los globos con luz infrarroja y videocámaras a color, son piezas centrales en el cambio del Ejército estadounidense hacia el uso de la tecnología de vigilancia y la inteligencia.

En los últimos años, se han convertido en parte de una red en expansión de artefactos – aviones teledirigidos, torres con cámaras en las bases militares y una red más reciente de cámaras de circuito cerrado en las calles para monitorear las vialidades de Kabul – que han permitido a los comandantes estadounidenses y afganos tener ojos en más lugares donde combaten los estadounidenses.

Los dirigibles ahora son una característica tan común en la vida cotidiana afgana que algunas personas encogen los hombres y dicen que apenas si los notan. Otras partes de la red se han vuelto partes perdurables del paisaje urbano también, particularmente en Kabul, donde cámaras de circuito cerrado con largos cuellos dan hacia locaciones susceptibles de ser objeto de ataques, como el edificio de la Corte Suprema, glorietas y carreteras principales que pasan por los campos militares.

Sin embargo, otros afganos describen un creciente sentido de opresión, la sensación de que aun cuando los estadounidenses empiezan a empacar para irse, los ojos de los extranjeros siempre estarán sobre ellos.

A menudo se expresa en la forma típicamente afgana, como una andanada de refunfuños y ocurrencias, y declaraciones reflexivas: “Es un papalote estadounidense” o “hay afganos y estadounidenses allá arriba”. (No es así; no hay nadie en los globos.) “Nos muestra que, seguro, los estadounidenses todavía están aquí”, y “No es efectivo porque todavía hay estos ataques suicidas y coches bomba”.

Para otros, las cámaras son una intromisión indignante en la vida privada que exhibe a mujeres y niños ante extranjeros a quienes ellos consideran inmorales.

“Ya no podemos dormir en nuestras azoteas”, dijo Mohamadulá, quien solo usa un nombre, un habitante de Asadabad, la capital de la provincia de Kunar, donde las familias duermen con regularidad en las azoteas durante el calor sofocante del verano, y quien expresaba una preocupación común. “Cada vez que las parientas caminan en el patio durante el día o cada vez que queremos decirle 'hola’ a nuestra esposa cuando dormimos en el techo, sentimos que alguien nos observa”.

Usados primero en Irak en 2004, los globos de helio se introdujeron en Afganistán en 2007, y el Ejército los ha enviado a esta ciudad desde entonces.

A los comandantes estadounidenses les encantan ya que les proporciona una vista continua, a todo color, de la vía pública, y los ayuda a atrapar a insurgentes cuando colocan bombas a la vera del camino. Cuestan menos que los multimillonarios aviones teledirigidos que son noticia.

“Ha cambiado las reglas del juego”, dijo Ray Gutierrez, quien entrena equipos civiles, todos estadounidenses, que operan las cámaras, así como a las unidades militares que las utilizan. Una tarde reciente, estaba parado en un pequeño cuarto de control, bajo el antiguo fuerte, donde dos hombres con palancas escaneaban acercamientos de las laderas de las montañas a varias millas de distancia, prácticamente como si pudieran tocarlas con las manos. “Nos permite ver el campo de batalla como nunca antes habíamos podido hacerlo”.

Para el Talibán, los dirigibles han llegado a ser cosas a las cuales temerles.

En la provincia de Kandahar – donde hay por lo menos ocho tan sólo en la ciudad de Kandahar y más en los distritos _, los habitantes dicen que los insurgentes los llaman “sapos” porque sus enormes ojos siempre están observando, o “desvergonzados” porque no hay nada que no miren. (Los habitantes en Helmand tienen su propio nombre para ellos: “pez de leche” por la aleta y el color lechoso.)

Los insurgentes evitan las zonas bajo los globos y les ha dado por disfrazarse de campesinos para evitar que los detecten, así como el subsecuente ataque aéreo fatal, dicen los habitantes.

En el distrito Zhare de la provincia Kandahar, un punto central del incremente de tropas del gobierno de Obama en 2010, se puede ver al menos un aerostato desde casi cada aldea. Mientras que los más grandes flotan sobre ciudades como Kabul, se tiende a utilizar a los globos más chicos, de unos 75 pies, en zonas periféricas.

Además de ver a los talibanes, los aerostatos también los obstaculizan, por lo que las emboscadas son más raras en las rutas dentro de su mira, dicen los estadounidenses.

“No podemos estar combatiendo por estas carreteras todos los días”, notó el coronel Brian Mennes, el comandante del Equipo de Combate de la Cuarta Brigada de la 82 División Aerotransportada, responsable de Zhare y el vecino distrito de Maiwand.

Las cámaras en las calles de Kabul han tenido un efecto similarmente positivo, dicen funcionarios.

Dentro del cuartel general de la policía en el centro de Kabul una mañana reciente, el general Mohamad Ayub Salangi, el jefe de la policía, pasaba imágenes de la ciudad que aparecían en la pantalla junto a su escritorio.

Salangi dijo que las cámaras tuvieron una función importante en el manejo de disturbios en febrero, cuando la quema de ejemplares del Corán por parte de personal militar estadounidense desencadenó protestas enconadas. Se elogió a la policía por controlar a las multitudes con prontitud, en especial en el este de Kabul, y mantener al mínimo la violencia.

“Setenta por ciento de eso se debió a las cámaras”, dijo. “Estábamos observando, y las cámaras nos ayudaron a saber a dónde enviar las unidades antimotines”.

También fueron las cámaras, dijo, las que espiaron a un automóvil lleno de explosivos en la planta baja de un edificio en construcción, desde el que insurgentes fuertemente armados atacaron a la embajada estadounidense y al cuartel general de la OTAN en septiembre. “Lo que hice fue decirle a mi fuerza de ataque que estuviera lista y enviamos al equipo de emergencia a distender la situación”, dijo.

Sayed Agha, un habitante de Asadabad, dijo que estuvo recientemente en el tribunal donde se juzga a tres afganos, contratistas de combustible, por descargar combustible de pipas estadounidenses para vendedores privados en el mercado local. Cuando los contratistas negaron los cargos, los estadounidenses mostraron imágenes de video tomadas desde un globo.

“Realmente estaban brillantes y claras, como si alguien los hubiera seguido y filmado mientras vendían el combustible en el mercado”, dijo. “Pero plantea una pregunta: ¿cómo es eso que pudieron ver a los contratistas de combustible vendiendo gasolina en el mercado, pero no a la oposición armada?”.

Es claro que el programa no es infalible, ni invulnerable. De vez en vez, los vientos y tormentas veraniegos de Afganistán golpean los amarres de los globos. Y también está la práctica de tiro al blanco.

Es frecuente que cuando los técnicos bajan los globos para darles mantenimiento o protegerlos de las tormentas, dice Eddy Hogan, quien maneja los aerostatos, encuentran impactos de bala por todas partes, lo que da fe del papel de los globos como objeto de resentimiento.

El tamaño de los globos y el hecho de que el helio no sea explosivo significan que pueden quedarse en el aire con muchos agujeritos. “Puedes decir que no les gustan porque cuando los bajas ves cientos de agujeros de bala”, dijo. Sin embargo, agregó: “Se necesitan cientos y cientos de rondas para derribarlos”.