NAHA, Japón.- En una calle oscura detrás de las tiendas de camisetas y las muchedumbres de la franja turística de Kokusai Dori, en un diminuto centro nocturno lleno, con unos cuantos clientes de cabello entrecano, Sumiko Yoseyama levantó su micrófono para conjurar una era pasada de cantantes melódicos y grandes bandas.

Con voz ronca, cantó “Fly Me To the Moon”, “You’re Getting to Be a Habit with Me” y otras canciones que interpretó en su adolescencia en los centros nocturnos a los que eran asiduos miembros de las fuerzas armadas en bases estadounidenses, en la época que Okinawa aún estaba gobernada por los militares de Estados Unidos. Actualmente tiene 72 años, pero las fotografías en tono sepia sobre los muros de su centro nocturno siguen mostrándola como una sonriente mujer joven con artistas del entretenimiento estadounidense que iban de visita, como Les Brown y Bob Hope.

“Era una era diferente, una magnífica época para la música en Estados Unidos”, dijo Yoseyama, “y Okinawa formó parte de ella”.

Esa era terminó en 1972, cuando esta isla sureña regresó al control japonés. Actualmente, Okinawa es un destino de jóvenes turistas que veneran el sol, provenientes del territorio continental de Japón, y de iracundas protestas en contra de la reducida, pero aún considerable presencia militar de Estados Unidos aquí, con su ruido, contaminación y delincuencia. Sin embargo, también hay un menguante número de bastiones de una época anterior, cuando Okinawa seguía bajo el mandato estadounidense y el mismo Estados Unidos estaba en una era dorada tras su victoria en la II Guerra Mundial.

De hecho, la nostalgia por ese Estados Unidos de antes es uno de los atractivos para que turistas japoneses del territorio continental vayan a Okinawa, así como para el número menor de visitantes que llega de Taiwán y Hong Kong. Los vínculos de la isla con esa era quizá son más visibles en los ubicuos locales A&W con servicio al automóvil, donde los clientes ordenan aros de cebolla y cerveza de raíz con helado junto a murales pintados de Sandra Dee sonriendo y usando tobilleras. A&W informa que abrió su primer establecimiento en Okinawa en 1963.

Algunos de los elementos clásicos de Estados Unidos son una imitación reciente. En las tiendas de excedentes militares a lo largo de la Kokusai Dori, el principal atractivo turístico aquí en la capital okinawense de Naha, muchas de las camisas camufladas son declaraciones de moda diseñadas en Tokio y hechas en China. Sin embargo, hay bolsones de bastiones genuinos, como en Tsuji, el sórdido distrito rojo de Naha.

A la vuelta de burdeles conocidos como tierras del jabón está la Steakhouse 88, donde los comensales se agasajan con filetes de res, lomo y otros grandes cortes al estilo estadounidense que son inusuales en cualquier otro lugar de Japón. El propietario, Yasuji Kinjo, dijo que su padre había aprendido a preparar los cortes en 1953, cuando abrió un centro nocturno para militares estadounidenses. Kinjo dijo que había crecido entre los estadounidenses ricos y sus novias okinawenses, las cuales llamaban “honey” a sus hombres.

“Los honeys podían ser temibles, pero en su mayoría eran muy amables”, dijo Kinjo, de 58 años de edad, quien convirtió el centro nocturno en un restaurante de carnes después de que Okinawa volviera al control de Japón.

Destacó que Okinawa compartía una opinión de la misma ambivalencia sobre su periodo de dominio estadounidense, que empezó después de que fuerzas invasoras de EU tomaran esta isla de los japoneses durante una feroz batalla en 1945. Comentó que los estadounidenses habían pisoteado los derechos de los okinawenses, pero también fueron apreciados porque construyeron caminos y escuelas y trataron mejor a los okinawenses en términos generales que sus amos imperiales de Japón antes de la guerra.

Al igual que muchos habitantes de Okinawa, dijo que este lugar, antes un reino isleño de tipo independiente, no solo había recibido sino también modificado la cultura estadounidense, como había hecho a las culturas de sus conquistadores extranjeros en su pasado, China y Japón. Dijo que sus chefs habían llevado un nivel de perfeccionismo al estilo japonés a los cortes de carne al estilo estadounidense que había atraído propuestas de empresarios chinos para abrir franquicias en Taiwán y Hong Kong.

“Ellos saben que Okinawa tenía una genuina conexión con ese brillante y fuerte Estados Unidos de antaño”, dijo Kinjo.

Esa nostalgia quedó de manifiesto en una noche reciente en el restaurante de carnes, donde clientes japoneses de complexión esbelta se sentaban en enormes gabinetes estadounidenses mientras una rocola tocaba “Rock Around the Clock”. Uno de ellos, Kazue Okimura, vendedor de Tokio, de 52 años de edad, dijo que había venido por una probada de una época en la que no solo Estados Unidos sino también Japón parecían más juveniles y confiados.

“Queremos ver las trazas restantes de ese tiempo”, dijo, cortando un entrecot.

Esas trazas están desapareciendo rápidamente. A una calle de este restaurante está el Salón de Té de la Luna de Agosto, burdel convertido en restaurante-teatro que alguna vez fue uno de los centros de la vida social en la Okinawa ocupada por Estados Unidos. En 1956, se convirtió en la inspiración para un filme de Hollywood del mismo nombre, estelarizada por Marlon Brando.

El salón de té cerró hace cinco años, luego que su clientela japonesa emigrara a los restaurantes más nuevos y salones de música en Kokusai Dori.

“Fue difícil adaptarse cuando volvieron los japoneses”, notó Iva Hosaka, de 58 años, la última propietaria. El salón de té fue fundado por su madre después de la guerra, consumada cortesana en Okinawa antes de la guerra que se convirtió en ciudadana estadounidense tras casar con su padre, un administrador en el gobierno estadounidense de ocupación.

Yoseyama, la cantante de jazz, dijo que tanto el regreso de los japoneses como la llega del rocanrol habían causado el mismo daño. Destacó que ella y otros músicos habían perdido sus empleos una vez que los soldados estadounidenses descubrieron la guitarra eléctrica, y la rebelde contracultura impulsada por la Guerra de Vietnam.

Contó que ella había empezado a los 12 años en 1952, época en que los militares y sus esposas seguían esmerándose en su arreglo personal para pasar una velada afuera cenando y bailando al compás de música en vivo. Ella cantó con grandes bandas en lugares como el Club de Aviadores de Naha y el Club Campo Zukeran Top Three Club para que su familia ganara dinero adicional. Contó que las esposas de estadounidenses al principio le daban goma de mascar y helado, aunque ella, con el tiempo, se convirtió en uno de los principales actos en las bases.

Después de que Okinawa regresara al control de Japón, ella abrió su centro nocturno, llamado Interlude, y más adelante grabó cuatro álbumes, incluido uno en 1983 con el gran jazzista estadounidense Mal Waldron. Pero en años recientes, destacó, la mayoría de los músicos de “la era americana”, en sus palabras, ha muerto.

Yoseyama dice que la edad la ha obligado a reducir sus presentaciones a dos o tres veces por semana, y a volver a casa a las 1 a.m., lo cual es temprano bajo los estándares de la vida nocturna de Okinawa. Con todo, dijo que deseaba seguir presentándose mientras aún pudiera.

“Era una época opulenta, pero incluso Estados Unidos ya no tiene más Ellas Fitzgerald”, dijo Yoseyama. “Tenemos suerte de haber formado parte de esa vieja era”.