RIO DE JANEIRO – David McLaughlin estaba emocionado por estar en Brasil. Había llegado a esta ciudad procedente de la Universidad Estatal de Ohio con una subvención Fulbright para investigar la música hip hop brasileña, junto con su esposa Sarah Lowry, una académica en literatura rusa. Los estudiantes de posgrado, recién casados, salieron una mañana de junio de 2010 a buscar un departamento en el barrio costero de Copacabana.

Luego, al cruzar una avenida de mucho movimiento, empezó a temblar el asfalto bajo sus pies. De pronto, salió una bola de fuego de una alcantarilla, envolviendo a Lowry en llamas. McLaughlin brincó sobre ella y extinguió el fuego. Sin embargo, ella tenía quemaduras en 80 por ciento del cuerpo y pasó 70 días en un hospital de esta ciudad. McLaughlin sólo se quemó 35 por ciento.

“La explosión fue una de las experiencias más traumáticas que puedo imaginar”, dijo McLaughlin, de 34 años, en entrevista telefónica desde Nueva York, donde viven ahora su esposa y él. “Casi tres años después, se complica más la recuperación cada vez que nos enteramos de que hubo una nueva explosión en las calles de Río”.

Desde 2010, las explosiones en las alcantarillas han hecho añicos las ventanas, aplastado coches y lesionado a transeúntes. Una explosión en 2012 mató a un trabajador del puerto de Río. Aunque se ha desacelerado el ritmo de las explosiones, se cimbró la ciudad una vez más en diciembre, después de que hizo erupción una coladera detrás del Copacabana Palace, la gema neoclásica que podría decirse es el hotel más lujoso de Río. Un motociclista escapó por estrecho margen a la explosión reciente y filmó con su teléfono celular el incendio de su vehículo.

Tales explosiones no son exclusivas de Río. En efecto, expertos en ingeniería dicen que son pocas las ciudades que son inmunes. El gas de cualquier cantidad de fuentes puede acumularse bajo tierra. Los cables eléctricos, que con frecuencia están en la misma tubería, pueden desgastarse con el tiempo y producir una chispa que desencadene una explosión, lanzando fuego y arrojando por los aires las tapaderas de hierro fundido, de cientos de libras, de las cloacas.

Sin embargo, Moacyr Duarte, un investigador sénior en la infraestructura de la ciudad, en la Universidad Federal de Río de Janeiro, dijo que docenas de explosiones aquí, que con frecuencia ocurren en zonas densamente pobladas, “claramente rebasaron lo que es estadísticamente razonable”, antes de haber bajado hace poco.

Conforme Río se prepara para su cameo como anfitriona de la Copa Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos de verano en 2016, la expansión de la producción petrolera a alta mar ha bombeado vida a su economía. El ayuntamiento ha buscado revitalizar las zonas abandonadas con proyectos como un nuevo sistema de tranvías en Complexo do Alemao, un mosaico de barriadas, mientras que un auge inmobiliario ha atraído a personas como Donald J. Trump, quien planea construir cinco rascacielos.

Al propio tiempo, el resurgimiento de Río sólo se ha sumado a la tensión sobre su infraestructura antigua. Mientras el tránsito de pasajeros en el aeropuerto internacional aumentaba 20 por ciento el año pasado, estuvo plagado de apagones en las últimas semanas, por lo cual las escaleras mecánicas y los elevadores funcionaron esporádicamente, y buitres descendieron por los agujeros del techo.

El parque vehicular de Río se incrementó 56 por ciento en la última década, pero la construcción de vialidades y las mejoras al transporte público no mantuvieron el paso, intensificando los congestionamientos de tránsito. El año pasado, en el centro de Río, un edificio de oficinas de 20 pisos simplemente se colapsó una noche, derribando a otros dos y matando a 17 personas.

En medio de tales retos, las coladeras que explosionan han persistido como sólo una característica más, extraña y potencialmente peligrosa, del paisaje urbano. Algunos cariocas han encontrado humor negro en la pura aleatoriedad. Un videojuego para Facebook, “Rio boom-eiro Challenge”, implica evitar sagazmente las explosiones en las aceras.

Otros encontraron inspiración artística. Fabio Maia, un ejecutivo en publicidad, ha colocado pegatinas en forma de un detonador encendido junto a las alcantarillas. La idea se le ocurrió un día cuando esquivaba las coladeras paseando con su hijo, quien iba con una andadera. “Empecé a preguntarme: '¿Qué tipo de locura es ésta?'”, contó.

Duarte, de la Universidad Federal, dijo que la filtración de gas o gasolina ha provocado muchas de las erupciones del alcantarillado porque han sobrecargado las redes, algunas construidas desde los 1920.

Después de un aumento en las explosiones callejeras en 2010 y 2011, el alcalde de Río, Eduardo Paes, y fiscales presionaron a las compañías de servicios públicos para que acordaran pagar multas de unos 50,000 dólares por cada explosión, además de los daños a las víctimas.

(Light, la compañía de luz, dijo que todavía no llega a un acuerdo para pagarles por los daños a McLaughlin y Lowry.) La oficina de Paes dijo en una declaración que ya terminó “la peor fase” de la crisis del alcantarillado, y explicó que se identificaron 314 sumideros con gran riesgo de explosión en 28 barrios durante una operación de emergencia el año pasado, y que se envió a equipos de técnicos para arreglar cada uno.

No obstante, la oficina del alcalde reconoció que el problema “no se ha resulto del todo”, por lo que Paes incrementó la multa por cada explosión a 250,000 dólares, y ha avanzado en el proyecto de mapeo de toda la red subterránea de la ciudad.

Light dijo que echó a andar un programa de inversiones por 115 millones de dólares en los dos últimos años, orientado a prevenir más explosiones.

La compañía declinó proporcionar cifras sobre cuántas explosiones han ocurrido recientemente en las calles de Río, pero argumentó que son menos frecuentes. “Ocurren eventualidades en las cámaras subterráneas en todo el mundo”, dijo la empresa.

Siguen explosionando las alcantarillas. La oficina del alcalde reconoció que hubo al menos cinco en 2012, resultando una persona muerta y varias heridas. La explosión en diciembre en Copacabana, uno de los distritos más poblados de Río, diseminó pánico entre los transeúntes.

Antonio Carlos Costa, el presidente de Río de Paz, un organismo de derechos humanos que pintó de rojo las tapaderas de las alcantarillas de Río para llamar la atención hacia su peligro potencial, dijo que las explosiones ofrecen una vista a los peligros que el nuevo clima económico no ha podido resolver.

“En Brasil, tenemos dos tipos de violencia”, notó, “La violencia intencional y la violencia que es producto de la negligencia. Esta es un tipo de violencia que es más sutil, pero está muy presente en la cultura brasileña. El país es económicamente fuerte, pero no tenemos la cultura de proteger la vida humana”.