OROVILLE, California – Un camino de grava suelta serpentea por el bosque para desembocar en el exclusivo terreno tribal Enterprise Rancheria de los indígenas maidu, a unas 15 millas al este de esta ciudad, en las faldas de la Sierra Nevada. En un claro hay tráileres descompuestos y una tina enorme readaptada para irrigar un jardín en los pocos acres de suelo plano donde vive un puñado de personas en casas en mal estado.
Con poco espacio accesible en su territorio de 40 acres, la tribu de 880 elementos utilizó las subvenciones gubernamentales el año pasado para comprar un parador para casas rodantes que hoy alberga a una docena de familias. Cerca de la mitad vive en viejos tráileres que usó el Organismo Federal de Manejo de Emergencias para los desplazados por el huracán Katrina.
Para salir de la pobreza, la tribu presentó su solicitud en 2002 para construir un casino fuera de la reserva, en un sitio con mayor potencial económico, cerca de ciudades y autopistas, a unas 35 millas al sur de esta localidad. Después de que el gobierno federal la aprobó el año pasado, la decisión final ahora es del gobernador Jerry Brown, quien se espera que decida el destino del casino Enterprise y otra propuesta de la tribu fuera de su reserva para le fecha límite del 31 de agosto.
Sin embargo, los planes para los dos casinos han generado una oposición feroz y cabildeo de último minuto en la capital estatal por parte de una fuente inesperada: tribus cercanas que tienen casinos y dicen que los afectarán los recién llegados. Quien encabeza la lucha contra Enterprise es la Comunidad Indígena Unida Auburn, cuyo casino Thunder Valley se ha convertido en uno de los más rentables de Estados Unidos y ha dado riquezas inimaginables a la tribu antes indigente.
“Realmente es triste en este momento que en territorio indígena haya la división entre los que tienen y los que no tienen”, notó Cindy Smith, la secretaria del Consejo Tribal del Enterprise. “Sólo es un lucha para tener pie de igualdad. Y aun cuando tienes pie de igualdad, realmente no es así porque estamos retrasados casi dos décadas”.
Desde que se legalizaron los juegos de azar entre los indígenas de Estados Unidos en 1988, sólo cinco tribus han conseguido autorización final para construir casinos fuera de las reservas. La intensa campaña en contra de Enterprise y la otra solicitud, la North Fork Rancheria de los indígenas moni, se realiza cuando el mercado de los juegos de azar está saturado, en especial en California.
Las tribus que se oponen acusan a los recién llegados de invadir zonas con las que no tienen vínculos históricos. “Tenemos otras tribus por ahí que están haciendo lo que llamamos compra de reservas”, comentó Brenda Adams, la tesorera de Auburn Unidos. “Nosotros respetamos las reglas. Tuvimos que quedarnos en nuestros territorios históricos. Lo llaman pie de igualdad, ¿pero lo es? Nos gustaría tener un casino en el centro de San Francisco, pero ése no es nuestro territorio”.
El asunto ha planteado problemas mayores en las comunidades indígenas de todo Estados Unidos sobre los objetivos de los juegos de azar. Hace una década, las tribus se unieron en sus esfuerzos por hacer avanzar los juegos indígenas, que se suponía les darían los medios para ser autosuficientes, dijo Steven Light, el codirector del Instituto para el Estudio de la Ley y la Política de los Juegos de Azar Tribales de la Universidad de Dakota del Norte. Sin embargo, señaló que ya no se habla de “imparcialidad y justicia” en un mercado cada vez más competitivo.
A poca distancia en coche de Sacramento – y cerca de 30 millas del sitio planeado para Enterprise _, Thunder Valley tiene un casino con 2,700 máquinas, un hotel de 300 habitaciones, un anfiteatro y un campo de golf.
Helicópteros transportan a los grandes apostadores desde San Francisco. Con 80 por ciento de sus ingresos provenientes directamente de las apuestas, Thunder Valley es tan rentable que ha transformado la vida de sus dueños, la tribu Auburn Unida de 400 integrantes, la mayoría de los cuales recibían prestaciones de la seguridad social hasta que el casino abrió en 2003, dijo Adams, de 40 años.
El Consejo Tribal proporcionó vivienda a sus miembros, construyó casas grupales para los niños atribulados y conectó las zonas residenciales a los sistemas de agua potable y alcantarillado. Todos los miembros recibieron atención de la salud gratuita y beneficios dentales. Los niños que llegan a formar parte del cuadro de honor reciben cientos de dólares como incentivo. Se hicieron viajes tribales a Francia, Italia y México. Cada uno de los 200 adultos de la tribu recibe un interés de los ingresos del casino, una parte que los medios informativos reportan que es de 30,000 dólares mensuales por integrante, pero expertos en el sector estiman que es más. Douglas G. Elmets, un portavoz de la tribu y ex vocero de la Casa Blanca durante el gobierno de Reagan, dijo sólo que los miembros no necesitan trabajar por razones financieras, pero muchos lo hacen en asuntos tribales.
Otra tribu que se opone a los casinos fuera de las reservas, los 20 miembros de Jackson Rancheria de los indígenas miwuks, dependía de la seguridad social y recolectaba leña para llegar a fines de mes antes de los juegos de azar, dijo Rich Hoffman, el director ejecutivo del casino. Ahora, la tribu es dueña de bienes raíces en California y Nevada; Goldman Sachs administra la cartera de la tribu, que es “de cientos de millones” de dólares, dijo Hoffman.
No obstante, le preocupaba que no duraran los buenos tiempos. Debido a que el gobierno estatal está ansioso por tener una mayor parte de los ingresos por los juegos de azar, Hoffman dijo que cree que se podrían legalizar otras formas de juegos de azar no de los indígenas, en particular las operaciones en internet. “No creo que las tribus vayan a tener el oligopolio de los juegos de azar todavía dentro de 20 años”, señaló.
Otra tribu reducida, la Nación Yocha Dehe Wintun de 60 integrantes, ha utilizado las ganancias de su casino Cache Creek para comprar terrenos y diversificarse hacia la agricultura. La tribu contrató a expertos para cultivar 1,300 acres con una docena de cultivos. Su vino y aceite de oliva Seka Hills se venden en San Francisco. Está programado que pronto inicie operaciones su nuevo trapiche de millones de dólares, al que ya han contratado otros productores de aceite de oliva en la zona.
La tribu, que solía oponerse a los casinos fuera de las reservas, pero hoy es neutral públicamente, ha sentido la necesidad de diversificarse más allá de los juegos de azar. “Es probable que demasiados huevos en una sola canasta no sea algo bueno”, notó Marshall McKay, el presidente tribal.
En el ámbito nacional, la mayoría de las tribus, incluidas las que tienen casinos menos rentables, siguen en la pobreza, dicen expertos. Así es que la oposición, en especial de algunas de las tribus con mayores rendimientos, irrita a la tribu North Fork, una de las más grandes de California, con 1,900 integrantes. De las 104 tribus reconocidas por la federación, 61 tienen casinos en lo que es el mercado más grande del país para los juegos de azar indígenas.
“No quieren ver prosperar a otros indígenas, supongo”, dijo Alvin McDonald, de 34 años, uno de un puñado de personas que viven en la extensión de 80 acres de la tribu, en los límites del Bosque Nacional Sierra, a unas 200 millas al sureste de esta población.
La tribu está esperando la decisión del gobernador sobre sus planes para construir un casino junto a una autopista, a unas 35 millas de distancia. Su principal oponente, la cercana Picayune Rancheria de los indígenas chukchansi, acusa a North Fork de ser intrusos del otro lado de la Sierra Nevada. Las dos tribus comparten muchos vínculos, incluidos los matrimonios. “Eso es lo que lo hace que sea más hiriente”, dijo Elaine Bethel Fink, de 65 años, presidenta del Consejo Tribal North Fork.
Aquí, en Oroville, en la década en la que ha luchado por un casino, Art Angle, de 70 años, el vicepresidente de Enterprise y leñador retirado, ha perdido amigos en las tribus que se oponen – hombres con quienes pasó una parte de su vida “cortando leña y divirtiéndose”.
“No me ven en la misma forma”, dijo.
Con la decisión final a unas semanas de distancia, las preocupaciones de Angle se vuelven internas. “Todavía no tengo nada de dinero”, dijo. “No sé qué va a pasar en 10 años. Me podría volver tan malo como ellos”.












