Karla Zabludovsky contribuyó con información desde Ciudad de México.

CADEREYTA JIMÉNEZ, México.- Las parejas iban caminando tomadas de la mano. Los niños retozaban. Apenas un poco más adelante en esta ciudad del norte mexicano, 49 cuerpos, decapitados y con las manos y pies cercenados, habían sido hallados y recogidos.

Francisco Umberta, alarmado por el más reciente en una serie de inimaginables crímenes sangrientos vinculados con el combate al narcotráfico de México, manejó la situación saliendo a una cita. A media hora en auto de donde los torsos fueron descubiertos, estaba parado este lunes en una fila cerca del atestado restaurante Chilis para comprar boletos para el cine, para la película “Los Vengadores”.

“Por supuesto que todo esto da mucho miedo”, dijo sobre la matanza, que tristemente no impuso una marca por la carnicería aquí, “pero, ¿qué se le va a hacer?”

Él había oído sobre los cadáveres por la radio poco después de que fueran descubiertos este domingo, pero dijo que los juegos regionales de futbol habían captado mayor atención pública.

“No es como si todos estuviéramos paralizados”, dijo Umberta, de 31 años de edad, oficinista. “Aún necesitamos vivir mientras ellos hacen lo que ellos hacen”.

Con cadáveres destrozados apareciendo en las esquinas de calles y dentro de restaurantes, colgando de puentes y enterrados en fosas colectivas, al parecer los mexicanos se han vuelto inmunes. La indignación, el temor, ansiedad, tristeza. resulta difícil convocar este tipo de emociones una y otra vez, particularmente con las 50,000 personas muertas en asesinatos relacionados con drogas desde que el Presidente Felipe Calderón lanzó su embate sobre los narcotraficantes, hace seis años. Otros países, por supuesto, han pasado por alguna versión de este adormecimiento colectivo: Israel en 2003, tras una serie de atentados con bomba en autobuses; Irak en 2006.

Sin embargo, es como si México hubiera caído a nuevas profundidades de distracción deliberada este año, en tanto muchos mexicanos están cada vez más perturbados por su propia actitud. Están igualmente deprimidos por su causa. Después de todo, notan expertos criminalistas y psicólogos, la apatía - durante una campaña presidencial, nada menos - es realmente una respuesta aprendida a traumas repetidos, así como impotencia en vista del horror. Mexicanos en ciudad tras ciudad se han acostumbrado a las cifras de muertos, que suben marcada y continuamente. Protestas, marchas y proyectos de arte público para honrar a las muchas víctimas han logrado poco por alterar la realidad. Cada día, familias y niños caminan por puestos de periódicos con tabloides que muestran gráficas fotografías de los cadáveres más recientes que se encuentran. La mayoría apenas lo nota.

“Sabemos que nada está cambiando: tan sólo continúa”, dijo Imelda Santos, de 17 años, quien estaba afuera disfrutando de una hamburguesa de un local de comida rápida con sus amigos. “Tratamos de no preocuparnos mucho porque nosotros no estamos involucrados”.

Esa percepción - son ellos, no nosotros - al parecer desempeña un gran papel en la capacidad de la gente para mantenerse imperturbable pese a la carnicería.

“Para muchos mexicanos, el gran impulso es, 'Bien, que malo es eso, pero al menos nos deshacemos de los tipos malos’”, dijo Jorge Castañeda, un ex candidato presidencial. “Eso contribuye con la insensibilidad”.

En el caso de los 49 muertos, algunos estaban de lado equivocado de la ley. Las autoridades han informado que varios tenían tatuajes de la Santa Muerte, la extraoficial santa de la muerte que favorecen con frecuencia sicarios de cárteles.

Dada la violencia, los psicólogos dicen que no causa sorpresa que la gente se esté desentendiendo.

“Una estrategia que usamos para protegernos, por sobrevivencia, es hacer caso omiso al respecto porque no hay nada que nosotros podamos hacer”, dijo María Antonia Padilla Vargas, coordinadora de un grupo de investigación psicológica sin fines de lucro. “Es un fenómeno que hemos observado cuando las ratas son expuestas a incontrolables descargas eléctricas”.

El término oficial es “impotencia aprendida”, y están apareciendo estudios de casos prácticos a lo largo de México. En enero, dos cadáveres decapitados aparecieron en una camioneta van achicharrada, afuera de un elegante centro comercial en el vecindario de Santa Fe en Ciudad de México. Mientras la cinta policial ondeaba en el viento, Carlos Alberto Govea, de 24 años, besaba a su novia a pocos pasos de ahí. Residentes de otro vecindario en la capital, donde seis personas fueron muertas en un tiroteo la semana pasada, dijeron que ya habían dejado de hablar sobre la delincuencia.

“Es mejor dejar esas cosas en el olvido”, dijo Andrés Castillo, de 68 años, mientras comía un tamal cerca del puesto de un bolero. “Nosotros estamos haciéndonos a la idea que pudiéramos tener que dejar nuestras casas y no volver”.

Incluso en Ciudad Juárez, donde la violencia está descendiendo pero sigue en un nivel alto (este lunes, se hallaron dos cabezas y cuatro manos en el estacionamiento de un bar), los residentes están determinados a evitar la vista de las tragedias entre ellos. Cuando las familias de jóvenes acribilladas se reunieron afuera de la oficina del procurador estatal para protestar por lo que consideran la falta de interés de las autoridades en sus casos el jueves pasado, Día de la Madre en México, los motoristas circularon sin ver hacia ella.

¿Y los tres candidatos principales que se postulan por la presidencia? Ellos también han mantenido su distancia. Debido a que Calderón tiene prohibido por la Constitución postularse de nuevo, todas las campañas se han centrado mayormente en otros aspectos. Muchos mexicanos dudan que quienquiera que gane vaya a generar un cambio inmediato, al tiempo que se prevé que la concurrencia para las elecciones del 1 de julio sea ligera.

“Los políticos no han sido capaces de resolver esto”, dijo José Juan Cervantes, investigador de criminalidad y sociología en la Universidad Autónoma de Nuevo León. “Así que la gente lo sobrelleva”.

De hecho, aquí en Cadereyta de Jiménez, las calles estuvieron llenas este martes mientras Edelmiro Cantú hacía campaña para alcalde. Oyó con frecuencia las inquietudes de los votantes con respecto a seguridad, pero incluso él no parecía convencido de que el gobierno pudiera resolver el problema de México con la delincuencia. Así que, más bien, llevaba consigo su propia protección.

“Tengo esto”, dijo.

De su bolsillo sacó un pequeño crucifijo de plata.