Palabras combativas: un día maravilloso para Washington
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AHORA ES EL MOMENTO PARA QUE EL PRESIDENTE OBAMA CUMPLA CON SUS PROMESAS.
Por supuesto que hablaré del discurso. Pero primero, si el lector me lo permite, unas pocas palabras sobre el día de la juramentación.
Washington, D.C. es – de muchas maneras – una ciudad provinciana, aún altamente segregada y ocasionalmente, un sitio donde proliferan las sospechas mutuas. Los momentos de ebullición del espíritu cívico pueden contarse con los dedos de una mano. Recuerdo la enorme erupción de entusiasmo espontáneo que llenó las bastante lúgubres calles del centro de la ciudad hace alrededor de un cuarto de siglo cuando los Redskins (pieles rojas) ganaron un módico gallardete en el fútbol americano.
Columnistas de periódicos escribieron que finalmente la ciudad federal estaba adquiriendo un carácter propio. Recuerdo que ante esos comentarios pensé que ese tipo de alarde era en sí mismo bastante patético y deprimente. Y que no pasaría mucho tiempo hasta que la palabra Redskin se convirtiera en ocasión de burlas locales (tampoco demoró mucho tiempo).
La mañana del martes, el 20 de enero, me desplacé en el tren subterráneo repleto de gente. Y después llegué a una plataforma, tan atestada de personas que apenas podía inflar mis pulmones. Y aún así, pensé, a medida que todo el mundo avanzaba pulgada tras pulgada, “Nadie lanzó un puñetazo. No hubo una sola cartera robada. Nadie le metió a nadie las manos en los bolsillos”. Y para el final del día, eso se había demostrado. Muchas, muchas manos se habían extendido, a los visitantes y a los ciudadanos, pero ninguna se había alzado con una actitud hostil. (Por supuesto, que cruzó por mi cínica mente que habría sido bastante difícil escapar de una escena del crimen con semejante muchedumbre, pero la idea desapareció rápidamente de mi cabeza).
El hecho de que cualquier acción o movimiento necesitaba alrededor de 10 veces de tiempo más que lo usual, esa sensación de andar en cámara lenta, debe haberse agregado al sentimiento del pasaje de los momentos como algo “histórico”.
Ciertamente esta no fue la cotidiana estupidez de la fila por razones de “seguridad” en un aeropuerto, donde el tiempo simplemente es desperdiciado (aunque por supuesto la burocracia policial se las arregla para arruinar el día de muchos ciudadanos con ese tipo de tácticas, sin obtener progreso alguno en la seguridad pública). Fue, más bien, la impresión de tener que ocupar de manera obligada el mismo democrático espacio que todos los demás, no solamente en el Distrito sino en los Estados Unidos.
Y hubo una gran circunspección. Tal vez sea algo para alardear que por primera vez en Estados Unidos hay una primera familia negra. Pero, cuando menos se haga alharaca, más se apreciará el hecho de su importancia.
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