Un genocidio de la memoria

Escribo esto en memoria del renombrado periodista turco-armenio Hrant Dink, asesinado hace dos años, el 19 de enero de 2007, por sus comentarios acerca de la carnicería de no menos de 1.5 millones de armenios por fuerzas otomanas durante la Primera Guerra Mundial ... en memoria del horror de que los oficiales policiacos que vigilaban al joven de 17 años sospechoso de asesinato, Ogun Samast, consideraron pertinente filmar un vídeo en el que él aparece sosteniendo orgullosamente la bandera turca mientras ellos grababan para la posteridad su breve asociación con él ... en solidaridad con el valeroso grupo de 200 escritores e intelectuales turcos que firmaron recientemente una petición en Internet disculpándose por la matanza, arriesgando con ello su libertad en aras de mantener la presión sobre el gobierno turco.
Actos atroces como el asesinato de Dink continuarán. Continuarán en tanto Turquía, temerosa de perder prestigio y alarmada por la posibilidad de que pueda verse obligada a pagar indemnizaciones a los supervivientes y sus descendientes, persista en negar que el genocidio armenio ocurrió. Esta lucha continuará en tanto no haya leyes aprobadas para penalizar la negativa de que haya ocurrido un genocidio – y estas leyes son necesarias no sólo en Turquía, sino en todo el mundo.
Los críticos quizá digan, “No corresponde a la ley escribir la historia”. Eso es absurdo. La historia ha sido escrita cien veces. Los hechos han sido establecidos, y nuevas leyes protegerán de que esos hechos sean alterados.
En 1929, el estadista y escritor británico británico Winston Churchill escribió que los armenios eran víctimas de genocidio, de una operación organizada de aniquilación sistemática. Los mismos turcos lo han admitido. En 1918, en los días posteriores a la Primera Guerra Mundial, Mustafá Kemal – que poco después recibiría el título honorífico de “Ataturk” – reconoció las matanzas perpetradas por el gobierno del Turco Joven.
Las leyes que ya están vigentes en muchos países con respecto a la negación del Holocausto no tocan a los historiadores: para ellos, la cuestión de si la matanza de judíos fue o no genocidio ha dejado de ser algo debatible. Lo que está en juego es impedir que tales crímenes sean borrados de la memoria de nuestra sociedad.
Tomemos como ejemplo la ley Gayssot de Francia, que convierte en delito la negación de crímenes contra la Humanidad, y que hasta ahora sólo se ha aplicado a la negativa de que haya ocurrido el Holocausto judío. Esta es una ley que frena a los políticos marginales y extremistas que llevan a cabo un antisemitismo apenas disfrazado y pueden sentirse tentados a negar la realidad del Holocausto. Esta es una ley que impide mascaradas como la del juicio del historiador David Irving en Londres, en 2000.
Irving presentó una demanda de libelo contra Deborah Lipstadt, autora de “Denying the Holocaust” (“Negación del Holocausto”), quien lo había calificado como un vocero de los que rechazan la realidad del Holocausto. Aunque el juez dictaminó, con un lenguaje extremadamente fuerte, que Irving era, efectivamente, un negador del Holocausto, Irving fue dejado en libertad ante la ausencia de leyes que pudieran penalizar este delito. Mientras tanto, periodistas de tabloides y locutores de noticieros sembraron confusión respecto de los puntos en debate y, en última instancia, atrajeron la atención popular a la obra de Irving, lo cual posiblemente haya sido la intención del historiador desde el principio.


