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The New York Times Syndicate - 2/2/2009 7:43 PM

DAVOS ANTE UNA GLOBALIZACION FRAGIL Y UNA TORMENTA PERFECTA

DAVOS ANTE UNA GLOBALIZACION FRAGIL Y UNA TORMENTA PERFECTA

Quizá los altermundistas se hayan felicitado, pero no es una buena noticia.

Quizá los altermundistas se hayan felicitado, pero no es una buena noticia. Ante la crisis económica, la montaña de Davos, calificada de "mágica" por Thomas Mann en su novela, esta vez dio a luz a un ratón.

Los 1,600 dirigentes de empresa, los cuarenta jefes de estado y de gobierno y los 300 investigadores, universitarios y responsables de organizaciones civiles reunidos en el Foro Económico Mundial que concluyó el domingo 1 de febrero, hicieron más la constatación del desastre actual que el descubrimiento de caminos para salir de él.

En 2008, el banquero estadounidense James Dimon, presidente y director general de Morgan Chase, encontró la fórmula para explicar el origen de la crisis bancaria. "En el mundo financiero, hay que ser muy valiente para no correr un riesgo que puede reportar muchas ganancias."

En 2009 tocó a Vladimir Putin, el primer ministro ruso, establecer la fórmula clave: "Estamos viviendo una crisis perfecta." Un fenómeno que se produce, según él, cuando "las fuerzas de la naturaleza convergen en un punto del oceano y multiplican su capacidad destructora".

De hecho, esta crisis, explicó Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central europeo, es resultado de un fenómeno triple: el fin (clásico) de un ciclo de cinco años de crecimiento mundial excepcional; el efecto depresivo debido al precio exorbitado de las materias primas, en especial las energéticas; y, por último, una crisis financiera que agravó la situación de manera considerable e hizo añicos la confianza mundial.

En las semanas que siguieron a la quiebra del banco Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, efectivamente se produjo un efecto jamás observado: desde la multinacional occidental hasta la obrera china, la totalidad de los agentes económicos perdieron la confianza y redujeron sus gastos al mínimo.

En 1997, el Asia en crisis se benefició del apetito del consumidor occidental para volver a levantar la cabeza. En 2002, el estallido de la burbuja de Internet y el traumatismo económico del 11 de septiembre fueron olvidados rápidamente gracias al dinamismo de los países emergentes. Gracias a la globalización.

Esta vez no hay nada de eso. Por donde uno voltee a ver, lo que priva es la política de espera. La globalización se ha convertido en un lastre para la recuperación y, por tanto, para el crecimiento. Una situación que nadie se hubiera imaginado. Más allá de la crisis financiera, esta fragilidad de un mundo global es, según algunos observadores, el principal fenómeno económico de los años por venir.

En lo inmediato, ¿qué se puede hacer? Desde el presidente mexicano hasta el ministro tailandés, todos han sacado una lección esencial de todas las crisis que han vivido: hay que actuar y rápido. "Mientras más tiempo esperemos, más caro nos va a costar, y las decisiones políticas serán más difíciles de tomar."

Pero, ¿es necesario que los estados privilegien las decisiones coyunturales (salvar los bancos), las rápidas (favorecer el consumo) o las estructurales (preparar la economía de mañana centrada en el ambiente)?

El debate hace furor. Para el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, el rescate de los bancos es peligroso -- los estados no conocen los riesgos que están corriendo -- y hay cosas mejores que hacer. "Con el dinero puesto en los planes de rescate de los bancos estadounidenses se financiaría un siglo de protección social en Estados Unidos", calculó. "Crear ´bancos malos´ para aislar en ellos los activos tóxicos y permitir que los bancos buenos funcionen de nuevo quizá sea discutible social y moralmente; pero es como la democracia vista por Churchill: la peor de las soluciones a excepción de todas las demás", señala por su parte José Angel Gurría, secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

El profesor Mario Monti, ex comisario europeo para la competencia, observa que los estados titubean: no son no abiertamente keynesianos -- la mayoría de los planes de recuperación son en total bastante modestos -- ni abiertamente partidarios del dejar hacer, como Schumpeter. No se atreven a abandonar la vieja economía (el automóvil) y apostarle todo al ambiente y a la innovación.

Sin embargo, el panorama no es del todo negro. Hay tres noticias que, si bien son buenas, hay que relativizar. La primera es que los estados están actuando, se coordinan y juran que no cederán al proteccionismo tan devastador de los años treinta. El problema es que nadie sabe cómo pagar sus deudas, la coordinación surgida de la reunión del grupo de los Veinte en Washington parece tener dificultades en producir efectos y la opinión pública está abiertamente tentada por el proteccionismo.

Segunda buena noticia: los precios de las materias primas están bajando, especialmente el del petróleo, lo que aumenta el poder de compra. Con una reserva: algunos ya están empezando a hablar de deflación. En fin, la tercera noticia buena es que, como "todos vamos en mismo barco", según dijo Vladimir Putin, no es momento de escaladas militares. Con un barril de petróleo a 40 dólares, Moscú tiene otras cosas que hacer aparte de andar enseñando los músculos.

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