EL LEGADO DE BUSH EN EL MEDIO ORIENTE
EL LEGADO DE BUSH EN EL MEDIO ORIENTE
Distribuido por The New York Times News Service. En su editorial EL LEGADO DE BUSH EN EL MEDIO ORIENTE, The Boston Globe dice lo siguiente: Por lo general, las guerras se pueden atribuir a un fracaso en la habilidad política.
Distribuido por The New York Times News Service
En su editorial EL LEGADO DE BUSH EN EL MEDIO ORIENTE, The Boston Globe dice lo siguiente:
Por lo general, las guerras se pueden atribuir a un fracaso en la habilidad política. En el caso del actual asalto israelí contra el régimen de Hamas en Gaza, ese fracaso pertenece no sólo a las dirigencias de Israel y de Hamas, sino, en forma más contundente, a la serie de errores garrafales del presidente Bush.
La catástrofe humanitaria impuesta a los civiles en Gaza, los cohetes proporcionados por Irán que Hamas disparó contra Israel, y los misiles israelíes que cayeron en barrios densamente poblados de la Ciudad de Gaza son algunas de las consecuencias de ocho años de política del Gobierno de Bush en el Medio Oriente. Los desastres de la guerra en Gaza se dan como una culminación de una gran madeja de malas decisiones, y esos errores harán que el presidente electo Barack Obama cargue con una maraña de crisis que tendrá que resolver de inmediato.
Bush asumió el cargo en 2001 suponiendo que cualquier cosa que hubiera intentado el Gobierno de Clinton en el Medio Oriente estaba equivocada y no debía continuarse. Dado que Bill Clinton invirtió muchísimo tiempo, energía y prestigio en el intento fallido de mediar un acuerdo de paz israelí-palestino en Campo David, Bush adoptó una posición pasiva con respecto al conflicto central durante su primer mandato.
Su pasividad permitió que una oportunidad de pacificación se diluyera sin haberla explorado. En un discurso pronunciado en las Naciones Unidas en el otoño de 2001, Bush dijo en forma explícita que visualizaba la creación de un Estado palestino, finalmente. Sin embargo, no hizo nada para hacer que los israelíes y los palestinos sostuvieran conversaciones de paz.
Israel siguió expandiendo asentamientos y las organizaciones palestinas armadas persistieron en actividades definidas por un lado como terrorismo y por el otro como resistencia. Bush no presionó a Israel ni a la Autoridad Palestina para reanudar negociaciones, cuando Yasser Arafat, quien tenía las credenciales nacionalistas para hacer concesiones por la paz, estaba todavía vivo. Y después de que murió, Bush hizo poco para reforzar a su sucesor moderado, el Presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas.
El mal manejo que tuvo Bush de las relaciones con Irán también tuvo un efecto destructivo en un amplio arco que se extiende desde Afganistán hasta el Mediterráneo. Hoy día, muchos en Israel y en los Estados árabes ven las dos guerras más recientes en el Medio Oriente -- el enfrentamiento en curso entre Israel y Hamas en Gaza, y la guerra de Israel en 2006 contra el movimiento chiíta libanés Hizbulá -- como el conflicto de Irán con Israel sostenido por medio de representantes. Sin embargo, Irán proporcionó asistencia con inteligencia útil cuando las fuerzas estadounidenses derrocaron al Talibán en Afganistán a finales de 2001, y ayudó al Gobierno de Bush a establecer el Gobierno afgano del presidente Hamid Karzai en la conferencia de Bonn a principios de 2002. La respuesta de Bush fue incluir a Irán en el retórico "eje del mal".
Después de que las fuerzas estadounidenses derrocaron del poder al superenemigo de Irán, Saddam Hussein, en 2003, Irán ofreció a Bush un gran acuerdo que incluiría concesiones sobre su programa nuclear y su apoyo a Hizbulá, así como seguridad en la región del Golfo. Bush desechó el ofrecimiento. Los israelíes, palestinos y sus vecinos están pagando un precio elevado por ese error.
Estos son principalmente errores por omisión. Sin embargo, después se agravarían con otros más costosos por acción. Contra las firmes objeciones tanto de Abbas como de Israel, Bush insistió en realizar elecciones palestinas en enero de 2006. Lo hizo bajo la premisa de que la paz se forjaría sólo con un socio palestino que gozara de una legitimidad electoral incuestionable.
Cuando Hamas ganó la mayoría legislativa con menos de 44 por ciento del voto popular, Bush y la secretaria de Estado Condoleezza Rice se quedaron pasmados. No sólo habían rechazado las solicitudes de sus dos socios palestinos e israelíes, sino que se negaron a tomar en cuenta la frustración de los palestinos por la corrupción e incompetencia de los políticos nacionalistas y laicos de Fatah, que habían llegado de Túnez en 1995 para regir en Gaza y la Rivera Occidental.
La reacción de Bush a la victoria de Hamas empeoró todo. Apoyó un bloqueo económico a Gaza, disuadiendo una reconciliación entre Hamas y Fatah, y armando y entrenando a las fuerzas de seguridad de esta última para hacerse con el poder en Gaza. Esa política se revirtió en junio de 2007, cuando Hamas llevó a cabo su propio golpe de Estado implacable contra las fuerzas de seguridad de Fatah y tomó el control total de Gaza.
Es instructivo que, en la actual situación de guerra, Abbas y el Gobierno egipcio responsabilicen a Hamas por llevar el desastre a los gazatíes. Esto refleja una ansiedad común a casi todos los regímenes árabes: una preocupación de que la irresponsabilidad de Bush haya permitido que Irán, al armar y financiar a Hamas, suplante a los Estados árabes como el primer defensor de la causa palestina.
En combinación con la proyección de la influencia iraní en Irak y Líbano, gracias a los muchos errores de Bush, el actual conflicto en Gaza resalta el grado al que sus torpezas han dado poder a los adversarios y debilitado a los amigos.
A Obama le espera una enorme tarea de limpieza; no puede dejar de lado ni un solo día el trabajo de pacificación y rehabilitación en el Medio Oriente.


