Grandes expectativas

Es evidente que Barack Obama no es un ángel ni un hombre enviado del Paraíso. Tampoco es el europeo honorario que flota en las fantasías de los izquierdistas franceses; eso debe ser dejado en claro si es que deseamos evitar algunas desagradables llamadas para despertar a la mañana siguiente.
El hecho es que la elección de Obama nos afectará en cuando menos tres formas concretas, haciendo de su victoria uno de esos momentos improbables, incomparables que señalan un rompimiento completo con la historia previa. Es, sin lugar a dudas, un suceso icónico.
En primer lugar, una presidencia de Obama será un cambio de rumbo decisivo en cuanto al trato que se da al "asunto racial" en Estados Unidos. Por supuesto, pocos piensan que el racismo realmente desaparecerá de la imaginación nacional colectiva. Basta con viajar a lo largo del país para observar que la elevación al poder del candidato negro ha tenido, como corolario, un aumento proporcional en la actividad por parte de elementos radicales nostálgicos de la supremacía blanca y de los buenos viejos tiempos de la segregación racial.
Pero debemos escuchar lo que Obama dice acerca de esta división y de la forma dramática en que, a lo largo de tres siglos, ha estructurado a la sociedad estadounidense. Debemos escucharlo cuando, en cada uno de sus discursos, cita el lema original del país, "E pluribus unum", que originalmente fue hecho famoso por Virgilio y significa "De muchos, uno" -- o, más específicamente, "Nuestra nación está integrada por algo más que sus partes". Y debemos tomar en cuenta el tabú que ahora está rompiendo cuando habla directamente a la gente negra, haciéndoles un llamado para que dejen de decir que el racismo se encuentra en la raíz de todos sus problemas. Esto no es una idea nueva. Fue el mensaje del reverendo doctor Martin Luther King Jr. en 1967 y 1968, pero se trata de una forma nueva de pensar en una época en que tantos discursos recientes han hecho de la raza el elemento toral de la identidad de una persona.


