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The New York Times Syndicate - 12/24/2008 8:24 PM

INGRID BETANCOURT, A FLOR DE PIEL

INGRID BETANCOURT, A FLOR DE PIEL

Basta una sola pregunta -- "¿Cómo va la vida, Ingrid? ¿Qué hacer cuando se tiene el corazón apegado a los dos lados del Atlántico? Se encoge de hombros y suspira. Se le sugiere que tiene tiempo, pero ella sacude la cabeza. Escribir sobre su cautiverio y ese trozo de vida del cual ella ha hablado muy poco.

Basta una sola pregunta -- "¿Cómo va la vida, Ingrid? ¿La vida después del infierno? ¿La vida después de las mazmorras a cielo abierto de las FARC?" -- para que la ex rehén, entrevistada en París, se hunda en sus recuerdos de la selva colombiana. "Durante seis años y medio (febrero de 2002 - julio de 2008) fue una vida de nómada. Había que cambiar de campamento continuamente; marchar largas horas y perder toda referencia. Pero en todas partes yo buscaba con la vista un árbol que me diera algo parecido a la estabilidad." Una sonrisa pálida y después un corto silencio. "Es extraño: seis meses después de mi regreso, me sigo sintiendo nómada. Sigo buscando mi árbol."

¿Qué hacer cuando se tiene el corazón apegado a los dos lados del Atlántico? ¿Cuando por la familia, la educación, los matrimonios, se oscila constantemente entre dos continentes, dos lealtades, dos apegos? "Yo soy francesa", dice Ingrid Betancourt. "Y soy colombiana. Es una riqueza y también un desgarre. Un perpetuo sentimiento de estar inconclusa. Cuando estoy en Francia, tengo ganas de estar en Colombia. Y cuando estoy en Colombia, no pienso más que en estar en Francia." O en Estados Unidos, donde estudia actualmente su hija de 22 años. "Apenas empiezo a aceptar la idea de ser nómada todavía durante muchos años. No encontraré la paz en mí misma más que cuando pueda decirme: ´Yo estoy aquí, pero en poco tiempo estaré allá"´.

Se encoge de hombros y suspira. "En la selva yo me decía que al regresar tendría que echar raíces muy pronto. Y sueño en un lugar para recibir algún día a mis nietos. Los años han pasado, yo no los he visto llegar y quiero prepararme para ser una verdadera abuela. Para tener por lo menos ese papel. Como lo hicieron mis padres, colmando todos los vacíos ..."

Se le sugiere que tiene tiempo, pero ella sacude la cabeza. El tiempo, el tiempo ... ¿Qué sabemos del tiempo? A ella se lo robaron. Es irrecuperable. Hay cosas que se fueron y que son inefables. Los niños que ella dejó se convirtieron en adultos. No tiene un solo minuto que perder. Ni una migaja de vida que desperdiciar. Quiere estar cerca de los suyos, aunque esén dispersos. Rehacer cada relación, reconstruirse a sí misma. Sin renunciar a sus ideas. Entonces, ella corre. Con su madre a su lado. Invitada a todas partes del mundo. Condecorada, celebrada. Recibida por jefes de estado o, el otro día en París, por la cumbre de los premios Nobel de la paz. Entrevistada por la BBC, Radio Canadá, el periódico japonés Asahi Shimbun, el periódico ruso Izvestia. Arrastrada desde el 23 de julio a lo que ella llama un "torbellino". Y con más frecuencia a bordo de un avión que en su casa. ¿Su casa? ¿Tiene entonces una casa? "Digamos que el departamento en París donde vivo en estos momentos; donde tengo mis valijas pues Bogotá, por razones de seguridad, está prácticamente excluida. Pero un refugio provisional. A fines de enero próximo, volveré a hacer maletas y me iré a esconder varios meses para escribir."

Escribir sobre su cautiverio y ese trozo de vida del cual ella ha hablado muy poco. "Al momento de mi liberación, yo sentía tanta felicidad que no quería relatar los horrores que podrían echar a perder las cosas. Y después, con el paso de los días, sentí las expectativas de mis allegados que querían saber. Pero relatar es revivir, y cada vez que me acercaba al tema era demasiado duro, no me salía."

Cuando finalmente ella se sintió capaz de hablar, vio en la mirada de sus seres queridos tanto horror que volvió a guardar silencio. "Sin duda es preferible que algunos horrores se queden para siempre en la selva. Pero hay otros recuerdos que debo traer a la superficie pues podrían calmar a otras personas, curar otros sufrimientos."

Ponerlos en papel sin tener que cruzar miradas tendría que ser más fácil. Ella todavía no ha elegido editor, no quiere dar "un golpe", quiere escribir sola. Y los rumores por las sumas exigidas por su agente le parecen extravagantes, ella que, desde su regreso, no percibe ningún ingreso y vive "totalmente a crédito".

La silueta es tan grácil como aparece en la pista del aeropuerto de Villacoublay. El moño que lleva en la nuca hace resaltar la delicadeza de sus rasgos. ¿Qué milagro le permitió traer delinfierno un rostro tan conservado? Ella ríe echando la cabeza hacia atrás; relata la suavidad de la vida fuera de la selva, el júbilo de redescubrir en un iPod la música de su adolescencia (Led Zeppelin, Pink Floyd, Polnareff ...), de releer a Marcel Proust, de discutir hasta altas horas con su hermana, con sus hijos. Pero las lágrimes fluyen con facilidad.

Ingrid Betancourt vive a flor de piel. ¿Insomnio? íVamos! "Creo que tengo tantas ganas de vivir, tantas cosas que hacer, que dormir me parece una pérdida de tiempo." ¿Pesadillas? A veces. "Pero despertar es mucho más grato que cuando despertaba en la selva. ¿Angustias? Frecuentes. Incontrolables. Acompañadas de sudores. Basta el ruido de un avión o de un helicóptero para que ella se sienta de vuelta en la selva, acorralada de nuevo por las FARC. Los médicos llaman a eso síndrome de estrés postraumático, sufrido por numerosos veteranos de guerra, de sobrevivientes de catástrofes naturales y de atentados. "Afortunadamente, los buenos profesionales saben tomarlo a cargo."

Ella se siente amenazada. El sitio Web de las FARC calificó de "fugitivos" a los quince prisioneros liberados el 2 de julio, nuevos "blancos militares" para sus agentes en todo el mundo. Ingrid Betancourt, pues, pidió la protección de Francia. "Fue Francia la que quiso mi liberación a toda costa; es por eso que me siento más protegida. Incluso en Colombia." Dos policías la siguen todo el tiempo, incluso cuando viaja al extranjero. Y su corto viaje a Bogotá del año pasado no pudo organizarse más que a condición de que se alojara en la embajada francesa.

Ella se debía a ese viaje. Se debía a sus antiguos compañeros de prisión. Y claro que también al presidente Alvaro Uribe, para quien ella realizó una gira de jefes de estado de América del Sur. Ocho en una decena de días. Objetivo: sensibilizarlos al drama de los rehenes todavía en manos de las FARC, invitarlos a implicarse personalmente y obtener así una especie de unión santa de toda América Latina. "íLlegamos!", dice ella. "Y fue algo totalmente nuevo. En lugar de los dictadores y sultanes que durante decenios esperaban en el trono que uno les besara la mano, yo encontré a líderes abiertos, trabajadores, cercanos del pueblo y, todos, surgidos de elecciones democráticos. Todos -- Michelle Bachelet en Chile, Evo Morales en Bolivia -- hijos del sufrimiento de su país. Sensibles, pues, al drama colombiano."

No se trataba, insiste, en molestar al presidente Uribe, que no quiere mediadores. "Pero el hecho de que casi todos esos gobiernos sean de izquierda les da autoridad moral para dirigirles un mensaje a las FARC, denunciando el espectáculo de barbarie que dan al mundo, señalando que son los guerrilleros los que están estancados y los que privan a Colombia de una izquierda democrática de la que tiene necesidad. Al liberar a los rehenes, ellos dejarían de ser terroristas y podrían esperar perdón y apoyo."

Ella espera también que el caso de un guerrillero de 28 años, que desertó de las FARC liberando a un ex parlamentario y que fue recibido en Francia, suscite otras deserciones en las filas de la guerrilla y más liberaciones de rehenes. "Ese hombre renunció a ser verdugo; yo no lo dejaría caer, es mi hermano."

Ella abandonó la idea de hacer carrera política, disgustada por "las traiciones, los intereses ocultos y las manipulaciones". Pero su notoriedad, piensa, le confiere peso y una responsabilidad que pondrá en práctica a través de su fundación, lanzada simultáneamente en Francia, en Italia, en España, más tarde en Colombia y en Estados Unidos. Uno de los primeros proyectos es educar a los niños del poblado de Calamar, donde la juventud actualmente no tiene más oportunidad que ingresar en las filas de las FARC. Otro apunta a proteger los idiomas de los pueblos indígenas. Ella quiere recaudar fondos, con la ayuda de la Fundación Jane Goodall (que actúa en la protección de la biodiversidad) y la asistencia de una ex colaboradora de la fundación Gorbachov. Además, va a solicitar a la junta militar de Birmania que le permita reunirse con Aung San Suu Kyi. Sí, ella se siente audaz. Incluso para pedirle a sus comités de apoyo -- a los que ella quisiera asociar al trabajo de su fundación -- que ya no lleven su nombre. "He estado en su vida durante tantos años que ellos esperaban que yo regresara como el general del ejército. Pero yo no puedo. Yo los quiero, los respeto, pero no puedo ser su objeto. Debo recuperar mi nombre."

Algunos se sienten abandonados. Otros, evocando sus referencias frecuentes a la oración y a la pequeña capilla levantada a pulso en la jungla, la han tratado de "mística" y de "iluminada". Ella se ríe de eso. "¿Qué puedo decir? íLa fe es algo tan íntimo! Sí, claro, yo sí creo. Y esa fe fue fundamental durante mi cautiverio. No creo que hubiera podido vivir esos horrores en el cinismo, pensando que no hay más que caos y nada que esperar después. Creo que somos humanos porque somos espirituales. Sea cual fuera nuestra forma elegida de espiritualidad. Yo, es verdad, adoro a Dios. Jesús me parece genial."

En la selva había pocos libros. Curiosamente, un Don Quijote, un Harry Potter. Y después, la Biblia. Que ella pudo obtener, leer y releer. Y conservar hasta el final.

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