'La guerra en que todos eran culpables'

"Srebrenica"

Hay un momento que vuelve a mi mente una y otra vez. Un anciano emerge de un bosque y avanza hacia donde estoy parado. El hermoso valle verde ha empezado a teñirse de un marrón otoñal y es una mañana fría y húmeda. El viejo es una de 40.000 personas desplazadas de sus hogares en la ciudad de Jajce, en Bosnia central. Han estado caminando durante dos días para llegar a un lugar seguro.

La Guerra en Bosnia dio al léxico del conflicto un nuevo y grotesco eufemismo: limpieza étnica. Estas son sus víctimas más recientes.

Le pregunté al hombre qué edad tenía. Respondió que 80. Le pregunté si era musulmán o croata. Su respuesta todavía me avergüenza cada vez que se repite después de dos décadas en mi cabeza. Me dijo 'Soy músico'.

Era una censura a la conveniente abreviatura étnica a la cual los reporteros habíamos reducido las vidas de seres humanos completos, inocentes y consumados.

Las democracias occidentales malinterpretaron la guerra durante años. Era una guerra de antiguos odios étnicos. Era una guerra en la que todas las partes eran igualmente culpables. Eran los Balcanes. No había nada que se pudiera hacer.

No tanto así. Los refugiados no estaban huyendo de combates. Mayormente no había combates; el desequilibrio militar era demasiado grande en casi todas partes para eso. En cambio había una inmensa máquina militar que iba de un municipio a otra, forzando a la gente a salir de sus hogares. Miles de personas fueron asesinadas; aún más fueron detenidas en campos de concentración, donde algunas fueron torturadas o violadas.

Srebrenica y la tragedia personal

La guerra duró 44 meses. Un promedio de 100 personas murieron cada día durante más de tres años y medio.

Las democracias occidentales observaban en angustiante indecisión, hasta que una sola atrocidad -Srebrenica- empujó al mundo a actuar. Pero Srebrenica era diferente sólo en escala de lo que había estado ocurriendo durante más de tres años.

Unos días después de mi encuentro con el músico fui arrastrado a la guerra de un modo personal y doloroso. Alguien con quien estaba trabajando, alguien por quien me sentía responsable -mi camarógrafo- murió en un incidente del que yo sobreviví.

Tenía 25 años, era un cineasta valeroso y creativo de Zagreb. Era un compañero gracioso y agradable que odiaba la guerra pero creía en la necesidad de documentarla de cerca. Inspirados en Chaucer, lo llamábamos en broma 'señor Valiente por la Verdad'. Recogimos su cadáver y lo llevamos por una angosta ruta de la montaña hasta su nativa Croacia.

En su funeral se nos rompieron los corazones. Quedé inmovilizado por el duelo y la rabia, conectado por un momento, visceralmente, a las pasiones que alimentaba la guerra; el círculo vicioso de la interminable venganza.

Los corresponsales de guerra aman su trabajo y se sienten culpables por eso. Pero a veces uno se desgasta. Puedes regresar a casa después de haber estado en la guerra y disgustarte con la indiferencia de otros.

La gente te pregunta por la guerra pero sus ojos se ponen vidriosos cuando contestas. Así que uno busca a otros que han estado allí.

Al caminar por Hyde Park, instintivamente evitas las áreas cubiertas de hierba en caso de que haya minas terrestres. Escudriñas los techos de Oxford Street para buscar francotiradores. Y no ves la hora de regresar.

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