Mujeres en armas: "No subí a la Sierra a cocinar"
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María Milán y Aída Galeano podrían ser dos abuelas cubanas más, si no fuera porque tienen una muy peculiar historia que contar.
Son ambas muy elegantes, casi podría decirse que coquetas, pero el mayor encanto se produce cuando recuerdan su juventud, el trabajo en la clandestinidad y su incorporación al Ejército Rebelde en la Sierra Maestra.
Ríen abiertamente y sus ojos brillan cuando recuerdan aquellos años, la vida en la montaña, los combates y sobre todo cuando ambas se acusan de ser la autora intelectual de las travesuras. Fueron mensajeras, atendieron el hospital y participaron en algún combate a pesar de que los mandos se lo prohibían.
"Ni cociné ni lavé ropa, yo no subí a la Sierra para eso", me dice María.
Dos mujeres que están convencidas de que la Revolución valió la pena. "De lo contrario seríamos el garito de América", me comenta Aída, recordando los planes de la mafia italo-estadounidense.
Cuando les solicitamos hacer una entrevista, se sorprenden. "¿Por qué nosotras?", nos preguntan asombradas. Pero acceden de buena gana a recordar aquellos días que, a pesar de la carga dramática, las dos rememoran con alegría.
¿Qué las llevó a convertirse en militantes clandestinas?
Aída: Yo vivía en la finca de un senador y ahí conocí la explotación, vivíamos muy mal y nació en mí la rebeldía. Ahí es donde hago contacto con el hermano de María y me empieza a dar tareas clandestinas, boberías. Yo tenía 19 años.
María: Políticamente yo estaba en cero, lo mío era que Batista era un asesino y los muertos que había me impulsaron a luchar en la clandestinidad, vendía bonos, recolectaba medicinas y armamento para llevarlo al pelotón de mi hermano que ya estaba alzado.
¿En aquellos años, creían realmente que ese pequeño grupo de guerrilleros iba a poder derrotar al ejército de Batista?
María: Cómo no, estábamos conscientes de que no éramos sólo nosotros, nuestro pelotón, sabíamos que había muchos compañeros. El Ejército Rebelde se había nutrido de muchos campesinos. No sabíamos cuándo, pero sabíamos que al final ganaríamos.
Y estaba Fidel, un hombre sobrenatural, dotado de cualidades de mando, humanas, un previsor. Él sabía lo que estaba haciendo.
Aída: Cuando uno es joven y tiene una causa, entonces uno lucha porque la juventud es apasionada. Además veníamos conociendo al compañero Fidel desde el Moncada, teníamos fe en su vida recta, en su moral, había que creer en él. Era como una tabla de salvación.
No sabíamos de política, sabíamos de rebeldía y sabíamos que había que acabar con aquel sistema... demasiado dolor y demasiada sangre.
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