Ecos de revolución en América Latina

Cuando vi por última vez a Fidel Castro estaba repartiendo saludos a los colombianos que habíamos ido a una reunión para buscar acuerdos entre el gobierno de Colombia y el ELN. Estábamos en el cóctel de celebración del encuentro en una sofocante noche habanera, en diciembre de 2001.
En el día, Fidel se había reunido por separado con las delegaciones de la guerrilla y de los empresarios. A los primeros les había dicho la importancia de avanzar hacia un acuerdo de paz.
A los segundos los sorprendió aclarando que el momento estaba para promover la estabilidad y las salidas pacíficas en el continente, y también que de ellos lo único que reclamaba era una responsabilidad social.
Cuando me contaron estas admoniciones me puse a pensar en la gran diferencia que había entre este Castro y el Castro de principios de los años sesenta. A pensar cuánto había cambiado Fidel, y cuánto la vida colombiana.
En esa noche larga, bajo el influjo despiadado de esos rones dulzones y aromáticos que los cubanos llaman "mojitos", me acordé de las historias de Fidel y de Cuba que los guerrilleros más viejos nos contaban en los días de asueto en las montañas de Colombia.
No fue una invención descarada de la CIA -la agencia estadounidense sólo le dio el toque de guerra fría- la leyenda de que la mayoría de las aventuras revolucionarias de estas tierras pasaron por las manos de Fidel y se conversaron en la mítica Habana.
Por más de 25 años, Cuba fungió como la capital subversiva de América Latina y Fidel, como el mentor de la rebeldía guerrillera.



