Tartamudearon los fierros

El narcomundo permea diversos espacios, y poco a poco se convierte en una fuerza que incide en la definición de imaginarios sociales.
El narco llegó al lenguaje. Algunos referentes de la narcocultura se inscriben en los discursos coloquiales de la población e inciden en el habla popular, de tal manera que las vicisitudes, avatares y actos espectaculares de los narcos adquieren presencia y visibilidad como estampas comunes de nuestras sociedades.
Si consideramos que la cultura es un conjunto de procesos y elementos que participan en la definición de los sentidos y significados de la vida, la presencia del narcotráfico participa de manera clara en la generación de expectativas y de trayectorias de un alto número de personas que buscan a través del dinero rápido (que no fácil) del comercio de drogas, obtener beneficios negados por la ausencia de proyectos de vida viables.
Y el negocio ilícito también ayuda a obtener aquello que manda la sociedad de consumo, y permite disfrutar de los beneficios asociados a los entramados de corrupción e impunidad que el mismo narcotráfico genera.
Los estereotipos anclan en la conciencia popular las imágenes que supuestamente definen a los narcotraficantes.
Así, la imagen del narcotraficante se reduce al personaje con sombrero tejano, pantalones vaqueros, cinto piteado y botas vaqueras.
La figura del narco se integra en los escenarios del narcomundo, cuyos entramados incluyen el trasiego de drogas, pero también un conjunto de acciones audaces, desalmadas o cobardes.
Éstas son contadas desde la nota sensacionalista de los medios masivos de comunicación, los informes policiales, los eventos reconstruidos en los barrios, las historias contadas en los corridos, y las recreaciones realizadas desde el cine y la producción literaria.



