Narcocultura: El misterio del perico, el gallo, y la chiva

Dentro del edificio de la Secretaría de la Defensa Nacional en Ciudad de México existe un museo que no está abierto al público. En él se muestran las joyas, armas, vestimenta, relicarios que les han sido incautados a los narcotraficantes desde 1985.
La colección es una muestra de los símbolos de los que se nutre el narco en México: una Colt .38 de oro e incrustaciones de esmeraldas que perteneció a Amado Carrillo, líder del cartel del norteño estado de Chihuahua, y que fue un regalo del líder del cartel de Sinaloa, Joaquín "El Chapo" Guzmán, quien se fugó en 2000 de la cárcel.
Un rifle AK-47 con una palmera de oro en la cacha, que pertenecía a Héctor "El Güero" Palma; o una camiseta con doble blindaje en el lado del corazón que fue de Osiel Cárdenas, líder del cartel del Golfo de México.
Pero, además de armas, hay sombreros, botas y cinturones de vaquero, altares a la Virgen de Guadalupe y a Jesús Malverde, un santo originario de Sinaloa, donde comenzaron, en los años 50 -con las guerras de Estados Unidos en Corea y Vietnam-, las plantaciones de amapola y marihuana, y el tráfico masivo hacia Estados Unidos.
El culto a Malverde establece lo que para el narcotráfico es su justificación moral: la ley y la justicia no son la misma cosa.
El mito de Malverde cuenta que era un ladrón del siglo XIX, que se vestía con hojas de plátano para pasar desapercibido (de ahí su nombre, el "mal-verde"), hasta que es apresado por la policía porque su compadre lo delata. Lo ahorcan y el cura no quiere sepultarlo. Así que la gente lo entierra en el camino y le pone una piedra encima.
Ahora, con una capilla y un culto no reconocido por la Iglesia Católica, a Malverde se le piden favores para que resuelva una injusticia llevándole algo -lo que sea, pero que sea robado.
Esa santidad de lo ilegal fue adoptada por los narcotraficantes mexicanos que se tatúan la imagen de un hombre de bigotes, le levantan altares y financian capillas.
Asociaron lo "verde" del "mal" con la hoja de la marihuana. A tal grado quedó asociado un culto prohibido con el tráfico de drogas que la DEA estadounidense, en los años 90, interrogaba a cualquiera que tuviera un tatuaje del santo.
Pero ahora, en el museo, toda esa imaginería del narco poderoso, nacido en tierras indómitas, y armado porque es valiente, ha quedado atrás.
Las imágenes se fueron filtrando a la cultura popular mexicana, al cine, y a las canciones, pero los narcotraficantes ya no siempre usan esos símbolos. Algunos incluso los evitan.
La segunda generación narco es de universitarios con grados en administración de empresas, que no ostentan su dinero y contratan químicos para que les fabriquen drogas de diseño.



